Peeta

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Le ayudó, aunque no tenía por qué. No lo entendía. No acababa de procesar lo que había pasado la noche anterior. Katniss Everdeen, miembro de la familia que más odiaba, había ayudado a mi padre. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué le tendió una mano y lo llevó a casa?¿Por qué lo duchó y limpió la casa?Podría haber llamado a la policía. Habría tenido que sacarlo de la cárcel, pero no se dio el caso. Todo lo que sabía de su familia contradecía lo que había hecho, y aun así... —¿Dónde está el puñetero café? —masculló papá al entrar en el taller mientras se rascaba la barba. Estaba horrible, pero no me sorprendió. De hecho, me impresionó bastante que se hubiera levantado antes de las cinco.

—En la sala de descanso, como siempre —contesté, seco. Entró allí y se sirvió una taza. Me esforcé por ignorar la petaca de whisky que vertió en él antes de beberlo.—¿Qué tal anoche? —pregunté. Se encogió de hombros.

—Bien. Me dormí. «Te desmayaste, más bien».

—¿Estuviste con alguien? —pregunté para intentar averiguar cuánto recordaba. Arqueó una ceja y dio un sorbo al «café».
—¿Con quién iba a estar? —Con nadie. Olvídalo.

—Ya está olvidado. Deberías limpiar esto, está hecho una mierda. ¿Llevamos un negocio o un vertedero? —gruñó. «Nosotros» no llevábamos nada. Hacía años que mi padre no tocaba un motor, aunque antes era todo un experto. Lo admiraba mucho, hasta que el alcohol lo arrastró al abismo. Ahora solo era un fantasma del hombre al que antes admiraba. No tenía ni idea de lo que había pasado anoche. Yo no estaba seguro de si considerarlo algo bueno o malo, aunque, si descubría que una Everdeen lo había salvado de sí mismo, era probable que volviera a destrozar los bancosde la iglesia. No nos gustaban las limosnas, sobre todo de esa gente. Pero no podía ignorar que Katniss lo había salvado. Si no lo hubiera llevado a casa y lo hubiera vigilado, a saber cómo habría acabado. Tenía sentimientos encontrados y la mente llena de dudas que no sabía como despejar. Sentía un intenso odio hacia Katniss Everdeen y todo lo que representaba, pero, al mismo tiempo, le estaba inmensamente agradecido. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía odiar y sentir agradecimiento a la vez? No sabía cómo sentirme, así que decidí no sentir nada y volví al trabajo. Era lo único que tenía bajo control y, en aquel momento, me hacía mucha falta ejercer algún tipo de control. Sin embargo, incluso allí, sus ojos me asaltaban los pensamientos. Esos puñeteros ojos enormes que rebosaban bondad. Ojalá no pareciera tan amable. Sentía que aquel conflicto interno se agravaba cada vez que pensaba en ella. Una parte de mí se sentía muy agradecido porque nos hubiera ayudado; quería creer que la amabilidad que me había demostrado era genuina y que lo había hecho por pura bondad. Sin embargo, otra parte de mí deseaba que no hubiera ayudado a mi padre porque me hacía sentir que le debía algo, que ahora tenía algo que echarnos en cara y que éramos como una obra benéfica para ella. No me gustaba, así que decidí devolverle el favor como fuera. No importaba lo que costara.


***

—Hola, Peeta. Querías que me pasara por el taller, ¿verdad? —me saludó Katniss cuando entró aquella tarde—. ¿Pasa algo con el coche? Al verla, Tucker se levantó de su cama y se le acercó. Era lento y se quejaba al moverse, pero siempre meneaba el rabo. Saludaba a todo aquel que entrase en el taller, a pesar de estar medio ciego y que la artrosis le hubiese destrozado el cuerpo. Le dolía cada vez que se movía, pero la idea de no saludar a alguien y darle un lametazo en la cara era mucho peor. Katniss le devolvió el saludo con ganas y lo acarició detrás de las orejas cuando Tucker le lamió la cara. Después, volvió a la cama. El veterinario acababa de recetarte una medicación nueva y me preocupaba que lo volviera somnoliento, pero, al menos, lo ayudaba con el dolor. Me aclaré la garganta y me incorporé desde el capó de una camioneta en la que estaba trabajando.

Para siempre (Everlark)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora