Narrador Omnisciente
Por muchos años la sociedad ha sido testigo de los tratos realizados entre criminales y las autoridades con el fin de aportarle un beneficio a las partes involucradas que muchas veces van desde una protección a los delincuentes adjuntos como colaboradores relevantes en una aprehensión de alto nivel de dificultad hasta la exoneración de cargos delictivos por ser los protagonistas de misiones secretas que buscan la unificación de bandas criminales en un mismo lugar para de esta forma dar captura definitiva a todos los delincuentes que tanto daño le hacen a la sociedad con cada una de sus creaciones.
Fue uno de esos tratos el que se pactó hace exactamente dos años en un cementerio de Versalles, Francia donde una lluvia templada, tumbas con flores marchitas y un funeral fueron testigos del encuentro de las dos caras que representan ese trato.
Era de mañana en Mouthe cuando Eleora Monroe en uno de sus viñedos que acababa de comprar en Francia decidió visitar por primera vez la tumba de sus padres, sentía una gran necesidad de sentirse cómoda con el nuevo apellido que había adoptado y debía sacar de su interior todas las sensaciones hirientes que brotaban en su ser cada vez que miraba el contenido de la carpeta que le dejó su salvador, cuidador y donador Gio Ferri que contenía fotografías, documentos personales y trámites legales de las propiedades de los Monroe.
Les comunicó a los tres hombres que la observaban de brazos cruzados sobre su salida a la ciudad para ultimar detalles de las demás propiedades que había comprado en el país, les pidió como siempre lo hacia el cuidado hacia su hija y se encerró en la habitación de la pequeña vivienda en su viñedo.
Se miró en el espejo contemplado su cuerpo que después de dar a luz a su hija empezó a amarlo como nunca lo había hecho, sentía que después de ser el molde en el que se gestó su hija se convirtió en el cuerpo perfecto con nuevas curvas decoradas con estrías en sus caderas y verse vestida de un traje negro ajustado a su cuerpo la hacía sentirse realizada porque hacia solo un mes que se había graduado de la universidad después de luchar que le ratificaran sus materias aprobadas bajo su nuevo nombre.
Peinó su cabello que tocaba su trasero recogiéndolo en una coleta en su nuca, fijó con precisión cada lado detrás de sus orejas y levanto su cabeza mirándose como siempre se sentía cuando estaba con una persona, pero que ahora siempre se sentía como lo que se negaba a reconocer «Poderosa» porque prefería demostrarlo que alardearlo.
Salió de la habitación cargando en sus brazos a su hija que se negaba a decirle a mamá llamándola Ola cuando ya podía de manera sorprendente decir nombres de objetos, alimentos y llamar por sus nombres a los tres hombres que se ocupaban de consentirla.
Aseguró su cuerpo con ropa de abrigo para mantenerla con la temperatura correcta para que no tuviera un ataque asmático que en las últimas semanas eran más constantes llenándola de mucha preocupación y besó sus mejillas gordas en forma de despedida porque alejarse de ella siempre era un dolor directo a su corazón por estar juntas siempre haciendo que su presencia sea imprescindible siempre en su ser.
Le dejó en brazos de Greta pidiéndoles una vez más a los hombres que no se descuidaran un segundo de ella, subió a un auto saliendo de aquel paraíso terrenal de grandes plantaciones de fresas por el clima frío que hacía en lugar y mantuvo su mirada fija en las carreteras por largas horas con una incipiente duda acerca de que le parecía extraño que el padre de su hija siendo tan posesivo con ella los meses que duraron juntos aun no haya hecho el intento de contactarla.
Esos días lo extrañaba mucho como si hubiera pasado un siglo desde la última vez que lo vio, lo besó y lo tocó. Ansiaba como posesa poder verlo, aunque fuera en la distancia porque era realmente doloroso amarlo como lo hacía a pesar de que la manera en que la hirió sin saber que cuando se habla de Mihail Mikhailov no siempre las cosas son lo que parecen porque es un lúdico mental que le gusta jugar al ilusionista.
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EUFORIA
AçãoLibro 2. Sensaciones que hieren. Dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan, pero para Eleora y Mihail, las cenizas nunca fueron suficientes: la llama sigue viva, intensa y peligrosa. Ella ha regresado, más poderosa y decidida que nunca, dispuesta...
