«Las desgracias vienen de a tres»
¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir?
Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
Podía sentir la mirada que se le clavaba en la nuca, cual esquirla de hielo que se deslizaba sobre su piel. Los vellos de su cuerpo se levantaron y su corazón latió con premura. «Es solo tu imaginación», pensó y también como plegaría silenciosa: «no mires atrás, no mires atrás». Sus pensamientos se contradecían, pero la sensación de ser seguida, persistía y arañaba los recovecos de su mente.
Avanzó con urgencia. Los tacones resonaban sobre el pavimento mientras mantenía el bolso pegado al cuerpo. Era un escudo endeble, no cabía duda, incluso así, esperaba que el dinero reunido en su interior tuviera un mejor efecto. Terminó su turno temprano; sin embargo, la promesa de conseguir dinero mediante un cliente más, fue tan tentadora que no pudo resistirse. Menos, si con ello podría pagar la renta del mes y ahorrar para la cuna.
Las farolas esparcidas de manera esporádica sobre la calle ofrecían un poco de luz. Miró a todos lados en busca de algún indicio de su perseguidor. Mala idea atravesar por ahí a esa hora, y es que en el fondo ella sabía que no debió haberlo hecho.
Sus pasos se hacían cada vez más rápidos. Los nudillos se le tornaron blancos por la presión ejercida sobre el bolso. El aire frío le despeinó los cabellos rubios, y ella se los apartó de la cara de un manotazo.
«Un poco más», se dijo para continuar adelante. Su pecho subía y bajaba a un ritmo vertiginoso después de lo que pareció una eternidad de carrera. Tragó saliva y comprobó una vez más, estaba sola.
Con una gran bocanada de aire obligó a su corazón a serenarse, y cuando lo consiguió, se dirigió a su hogar con la firme decisión de no más atajos.
Una vez en la puerta de su casa, con las llaves en la mano, le pareció escuchar un ruido. Se tensó al instante, y estas se le cayeron, por lo que el tintineo se escuchó como un estruendo de lo silencioso que estaba. Revisó de un lado a otro, el corazón le martillaba de manera constante como si quisiera huir de su pecho. No había nadie. Soltó una risita nerviosa, ya hasta escuchaba cosas que no estaban ahí.
«Ya estoy en casa, no pasa nada».
Presionó el interruptor de la luz en cuanto abrió la puerta. Cerró y se recargó en ella con una lenta inhalación. El silencio se asentó y envolvió todo a su alrededor. La estancia, que más bien servía de cocina, sala y comedor, necesitaba una nueva capa de pintura. El azul de las paredes se veía gastado, al igual que su espíritu que con cada noche se iba marchitando entre humo, alcohol y sexo. A pesar de ello, daba gracias de tener donde vivir. Solo debía resistir un poco más y podría buscar otro sitio.
Con pasos medidos se dirigió a una de las dos puertas de madera frente a ella. Una franja de luz se coló por la puerta al abrirla, no demasiada, como si no osara interrumpir el sueño a la bebé en el interior, al igual que el de la otra mujer que la cuidaba. Se descalzó los tacones, sus pies protestaron por el dolor de quitarlos, pero no le importó. De puntillas, se acercó a darle un beso de buenas noches.
—Duerme, mi princesa —susurró y le acarició la cabecita.
Con una sonrisa, se dio la vuelta. En la oscuridad, percibió la figura de Casandra, la niñera, dormida en el sofá. Le pagaría una vez saliera el sol. Después del susto, no se veía capaz de despertarla y enviarla a casa. La dejaría dormir, no sería la primera vez que se quedaba con ellas.
Si se hubiera acercado un poco más, habría notado que la niñera ya no despertaría jamás.
Cerró la puerta con la delicadeza de una pluma que cae al suelo. Se dirigió a la cocina por un vaso de agua, al terminar lo dejó en el fregadero. Apagó la luz y se fue a la otra habitación, zapatos y bolso en mano. Una vez adentro, un golpe en la cabeza hizo que se tambaleara y soltara sus cosas.
Se estabilizó, aunque su enfoque se tornó borroso. Parpadeó varias veces para aclarar su visión. Pero un segundo golpe la derribó. La mejilla le ardía y su cabeza palpitaba.
Luchó para no perder la conciencia, al mismo tiempo que un firme agarre la sujetó por el tobillo y comenzó a arrastrarla. Se resistió, pataleó y buscó uno de los tacones a tientas. Su mano se aferró al zapato cuando lo encontró. Se retorció y, con toda la fuerza de la que fue capaz, golpeó la silueta de su atacante en algún lugar de la cabeza mientras tiraba de ella. El tacón se clavó en algo blando y retrocedió, brindándole a ella la oportunidad de escapar.
—¡Maldita perra! —escuchó a sus espaldas.
Salió de la habitación, tambaleante, su corazón tronaba en su pecho. Un martillo sobre piedra habría hecho menos ruido. Intentó buscar calma, pues creía que su latido ensordecedor podía alertar al sujeto de su posición. Su respiración se tornó difícil, las garras del miedo se clavaban en ella con cada segundo que pasaba.
El llanto de la bebé emergió como nunca antes y se le hundió hasta en los huesos.
Tenía que llegar con ella y huir cuanto antes de ese loco. En mal momento sus caminos se cruzaron.
Se deslizó pegada a la pared.
No llegó a tiempo. Un golpe le hizo perder la conciencia.
Lo último que supo, fue que estaba atada a una silla de dentista, mientras alguien cubierto de pies a cabeza, quizá un doctor o tal vez un cirujano, sostenía un soplete encendido a centímetros de su cuerpo desnudo.
Quiso gritar, mas le fue imposible. Su boca estaba cubierta por una mordaza. Se le puso la piel de gallina. Intentó patear, liberarse.
Fue inútil.
Solo podía rezar para que este calvario terminara pronto y que su hija no sufriera el mismo destino.
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