Capítulo 43

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Bastian

En la oficina el silencio era atronador. Se dirigió a su lugar, Caleb organizaba algunos documentos. El detective esperaba en la entrada, recargado en la puerta. El aire juguetón desvanecido a estas alturas, reemplazado por una determinación a no irse sin él. Era más difícil deshacerse de Duval que de una plaga; ya lo había comprobado en varias ocasiones.

Sin embargo, debía estar perdiendo la razón porque ya no resultaba tan molesto como antes. Ignoró la sensación. Comprobó que su ordenador estuviese apagado, recogió el abrigo del rincón y la carpeta con el reporte.

—Nos vemos mañana —le dijo al técnico al pasar a su lado.

—Descansa —respondió este con apenas una mirada disimulada a los dos.

Bastian le entregó la carpeta al detective y avanzó por el pasillo hasta llegar a recepción; presionó su huella en el reloj checador para registrar su salida. Duval mantuvo la boca cerrada en el trayecto al estacionamiento, lo que le ganó puntos para no echarlo a patadas de inmediato.

Ingresó al Range Rover por la parte del conductor y encendió el motor. Duval lo hizo del otro lado, cerró la puerta un momento después. Esto tenía escrito mala idea por todos lados, «¿por qué accedí a cenar con él?», pero antes de que cambiase de opinión, el detective terminó de ponerse el cinturón de seguridad.

Sin pensarlo más, Bastian tiró del suyo y lo encajó con un sonoro clic.

—¿A dónde vamos? —preguntó en la salida, antes de poner las intermitentes.

—Hay un nuevo lugar que acaba de abrir o podemos ir al Plaza Royal —respondió el detective de manera despreocupada—. Elige, y si es el último, dame un momento para reservar.

La primera y última vez que estuvieron ahí pasó por la mente de Bastian. El trato que hicieron y todo lo acontecido desde entonces. Negó con un gesto de cabeza.

—El Plaza Royal, no.

Duval lo meditó un momento y pareció llegar a la misma conclusión.

—De acuerdo, paremos en el siguiente lugar que encuentres.

Demasiado tranquilo para ser él, tenía la sensación de estar en terreno desconocido.

—¿Qué pretendes?

El detective tuvo el descaro de reír y negar como si supiera algo que él no. Bastian no pudo evitar mantenerse alerta.

—Nada más allá de una buena comida —respondió Duval, inclinándose levemente hacia él.

—Pásame la dirección del nuevo restaurante.

Duval asintió, sacó el teléfono y buscó en el GPS. Lo colocó en el tablero del auto y se recostó en el asiento con la tranquilidad de un gato saciado. 

Para cuando llegaron, el sol se había ocultado por completo. El establecimiento se ubicaba cerca del centro de la ciudad, desde afuera los cristales de piso a techo permitían observar las mesas ocupadas. En medio se elevaban un par de columnas y del techado colgaban macetas con helechos. Atravesaron la puerta hacia el área de hostess y la recepcionista los recibió con una sonrisa formal. Pidieron mesa para dos y ella los guio a la terraza.

El suelo de madera rustica, el mobiliario café y las decoraciones de vinilos y partituras en las paredes lo transportaron al estudio donde pasaba las tardes, con la piel de las puntas de los dedos de la mano izquierda endurecida por la fricción de las cuerdas del violín; cerca, la figura del profesor que lo observaba y guiaba cada día sin falta como una sombra. Miró a la salida de manera disimulada.

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora