Bastian
Lys se removió, lo observaba con sus brillantes ojos negros y emitía soniditos satisfechos, pronto se llevó el puño a la boca, lo bajó y sonrió. Bastian debía de admitir que con el vestido celeste de volantes lucía como una pequeña princesa, y que estaría mejor si no se moviera tanto. Acomodó a la bebé entre sus brazos para evitar que se le cayera mientras se preparaba para este encuentro que llevaba tiempo postergando.
Giró el picaporte de una vez, sin molestarse con llamar a la puerta. De todos modos, sería inútil; el despacho estaba insonorizado desde que podía recordar. Esto se debía a que Eder Finnegan prefería trabajar en silencio y el sonido de los estudiantes de Marisa Quiroz llegaba a ser molesto en las lecciones iniciales.
—Espera un par de minutos. Hablaré primero con ellos antes de presentarlos —susurró Bastian al detective en cuanto la puerta cedió—. No te alejes demasiado.
—¿Seguro que quieres hacerlo de este modo?
—¿Se te ocurre algún otro?
—Ningún cabello fuera de lugar, es más, toma el vino y déjame a Lys antes de arrojarles las noticias. No la quiero en medio de ninguna discusión.
—Comprensible. Haré esto rápido. —Bastian tomó la botella, dejó ir a la niña que se limitó a acercarse y pegarse al detective. De no saber que no los unía nada, pensaría que en realidad era hija de Duval. Descartó la idea, entró y cerró la puerta tras él. Las voces se detuvieron para ver de quién se trataba.
Al primero que vio Bastian fue a Eder sentado delante del escritorio, su cabello se había blanqueado más desde la última visita, y frente a este, se encontraban dos de sus socios del viñedo, o puede que inversionistas de la Bolsa de valores a los que no prestó demasiada atención. Marisa no se veía por ningún lado. Bárbara no mencionó que el único ahí era su padre.
—Bastian, me alegra que hayas venido. —Eder se incorporó de su lugar para darle la bienvenida.
—Sí, respecto a eso... no era necesario enviarme cartas —contestó y luego saludó a los presentes antes de regresar su atención a Eder—. ¿Podemos hablar?
Eder asintió y lo invitó a acercarse con un ademán.
—Idea de tu madre, nunca respondes el teléfono. Olvidemos eso, estás aquí, eso es lo que importa. Y no pudiste haberlo hecho en un mejor momento —dijo el padre de Bastian, complacido—. Hijo, déjame presentarte a Darío Rumelt.
El hombre mencionado se levantó y le estrechó la mano en cuanto Eder hizo las presentaciones correspondientes. Por un momento, Bastian se preguntó a qué venía eso, hasta que algo encajó. Darío Rumelt era el CEO de la farmacéutica Rumelt. Una de las cadenas de farmacias más grandes del país.
—Sí, he escuchado de él.
Darío pareció satisfecho con su declaración.
—Me alegra, esto facilita las cosas —prosiguió Eder—. Tiene una hija que me gustaría que conocie...
—No. —Cortó Bastian, que había adivinado sus intenciones—. Y de eso quería hablar contigo. Eso está fuera de discusión porque no lo haré.
Eder se disculpó con su socio, tomó por el codo a Bastian y se lo llevó aparte.
—¿Qué te pasa? ¡Teníamos un trato! —argumentó Eder. El volumen de su voz bajo para evitar que sus invitados escucharan la conversación; aun así, la molestia era perceptible en su tono.
Bastian guardó la compostura, lo miró con el rostro inescrutable.
—Curioso que lo menciones, padre. Puedes olvidarte de un matrimonio arreglado. No va a suceder.
ESTÁS LEYENDO
Muerte a cada paso
Mystery / Thriller«Las desgracias vienen de a tres» ¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir? Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
