Capítulo 42

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Terry

Se asomó al pasillo, pero no encontró a nadie cerca. Alguien tuvo que haberlo dejado, y en vista de que no se molestó en tocar para entregarlo en persona, el contenido podría ser referente al caso.

Frunció el ceño y con dos dedos recogió el sobre tamaño carta por uno de los bordes. El peso no le dijo nada, era liviano. Lo depositó encima de una carpeta en el escritorio y extrajo un par de guantes del cajón. Lo comprobaría primero antes de enviarlo a analizar por posibles huellas.

¿Alguien había decidido hablar? O, al contrario, ¿quería que desistiera? Era más probable que fuese lo último.

Lo sujetó con cuidado, luego lo giró del otro lado por si tenía algún escrito. El sobre blanco permanecía impoluto, ningún emisor ni destinatario; tampoco encontró sello alguno en él. La pestaña del frente parecía bien pegada, si era autoadhesiva, de nada serviría buscar rastros de saliva.

Abrió el sobre y contuvo el aliento. Dentro, un par de fotografías aguardaban. Aquellas imágenes quedaron grabadas en su retina; no eran las fotos proporcionadas por el forense ni las que circularon en los medios. Estas parecían de los souvenirs del asesino.

La primera pertenecía a Zaira, los rizos enmarañados ocultaban parte del rostro, aunque no lo suficiente para deducir que era ella. La boca se encontraba entreabierta y de los laterales de la cara hasta los senos bajaban ríos carmesíes de donde había cortado las orejas.

El cuerpo tenía las quemaduras esparcidas en la piel; el cadáver fresco recordaba a una postal o una pintura de una Venus desnuda. Había sido tomada desde arriba sobre una superficie plana, quizá el suelo. El fondo de tela negra no permitía ver a su alrededor para esclarecer dónde se encontraba.

La siguiente no fue mejor. El turno fue de Carter: el ángulo inclinado hacia abajo. La pálida piel maltratada con las quemaduras de bordes negros que recorrían su cuerpo desparramado sobre el mismo fondo que el anterior, y de los pies juntos con brazaletes rojos de ligaduras, donde deberían estar los dedos, solo quedaban manchas sanguinolentas.

A medida que las veía un gesto de disgusto atravesó sus facciones, las regresó al sobre. Lo metió en una bolsa de plástico para evidencia y se las guardó, no las entregaría a cadena de custodia, aún podía investigar antes de entregarlas. Eran demasiadas coincidencias como para no pensar que lo saboteaban desde dentro. 

Salió de la oficina y se dirigió al área de seguridad en el piso inferior. Necesitaba saber quién se las había dejado. 

Desde el pasillo le llegó el olor a sopa instantánea. El guardia encargado descansaba en la silla con las piernas estiradas, soltó un bostezo y reparó en Terry cuando giró hacia la puerta. Se incorporó de inmediato y se alisó el uniforme.

—¿Lo puedo ayudar en algo, detective? —preguntó el guardia y quitó el envase de comida del escritorio. Ante el silencioso escrutinio de Terry, se deshizo de la evidencia pasando un trapo por la superficie.

Detrás del hombre, el espacio lo ocupaba un perchero con una chamarra. Al menos el piso estaba limpio y los archivadores sin polvo; de lo contrario, el lugar sería insoportable.

—Sí. Revisa las cámaras y ubica a quien anduvo merodeando por mi oficina en las últimas horas.

El guardia le dirigió una mirada atenta y se le acercó.

—¿Sucedió algo más? De todas formas, ha habido mucho movimiento desde la mañana. No me he movido de aquí en un buen rato. Lo bueno es que falta poco para que termine mi turno, y...

No tenía tiempo para desvaríos.

—¿Puedes o no? —Terry se dirigió a los monitores, donde las pantallas estaban divididas en varios cuadros. Ubicó su sección del circuito cerrado. La cámara abarcaba apenas una parte de su oficina, suficiente para ver a quienes entraban o salían.

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora