Capítulo 8

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Bastian

Su lugar parecía ordenado, asintió satisfecho. Le dirigió otra mirada al sobre frente a él, como si fuera una quimera que amenazaba con escupir fuego en su rostro en cualquier momento. Incluso eso sería preferible que ver el contenido de la misiva. 

Aún no sabía de qué se trataba al cien por ciento, pero había un tema al que siempre le había dado largas. Contó hasta tres y procedió a abrir la carta.

Cerró los ojos, esto no podía estar pasando. Hay cosas que por más que corras y te escondas, al final te alcanzan.

Las palabras de su madre fueron tan claras, como la sentencia de un juez sobre un preso condenado a la silla eléctrica. Y esta vez, no podría escabullirse con alguna de sus excusas. O se presentaba a su cena familiar y con una esposa de su elección, o ya sabía lo que pasaría. Ya se estaba tardando, según ellos, puesto que todos los miembros de su familia a esa edad ya habían formado una propia.  

Bastian eludió el compromiso al que fue atado cuando era pequeño, como un bisturí en manos expertas evitaba las partes vitales de un cuerpo sedado. Insistió en que como él no lo había aceptado, no estaba obligado a cumplirlo.

Ellos estaban en desacuerdo, y así se lo hicieron saber.

Le dijeron que les preocupaba que pasara el resto de su vida solo, ya que habían leído un artículo en el que se mencionaba que las personas con sus habilidades rara vez conseguían evitarlo. Bastian, cansado de todo el asunto, insistió en que lo haría por su cuenta. En caso de que no consiguiera alguien cuando cumpliera veintisiete, aceptaría sus condiciones. Bastó con eso para que no insistieran más. Ellos aceptaron.

Sin embargo, el tiempo límite se acercaba de manera inexorable y le susurraba cerca de su cuello la cuenta atrás. Cavó su propia tumba. Con el tiempo se olvidó de esa promesa, puesto que pasó largos periodos inmerso en sus estudios y trabajo que no se percató de que este estaba cada vez más cerca.

Desde pequeño, sus padres y maestros notaron que su comportamiento y razonamiento eran diferentes a los demás niños de su edad. Sus padres, entusiastas, lo hicieron pasar por pruebas, las cuales superó con éxito.

 Después, vinieron los tutores privados y como era de esperarse algunos grados se los saltó. Llegó a la universidad a los dieciséis años, todo era una nueva experiencia para él, ya que era el más joven de sus compañeros, no solo en apariencia sino en edad. A pesar de ello, estaba rodeado de alumnos y maestros con mentes brillantes que le hacían sentir que pertenecía a algún sitio. 

Debido a que su curiosidad no tenía límites, eligió una carrera que le pareció interesante y que además le permitía estar atento a los nuevos descubrimientos. Así pasó el tiempo y culminó su carrera en medicina forense a los veintidós años. En ese mismo año, comenzó como aprendiz de uno de los mejores forenses, quien se interesó en el joven Bastian y se ofreció como su mentor.

Eso le abrió las puertas aún más, las ofertas de trabajo nunca faltaron cuando oían de él, excepto por el detalle de que para algunos lucía demasiado joven. Con gusto aceptó el reto, eso no le iba a impedir demostrar sus capacidades, así que dejó su vida personal de lado. Las citas que de vez en cuando tenía, no siempre resultaban como esperaba, por lo que, pocas veces intentó algo serio. 

Del mismo modo, sus relaciones nunca duraron. La más larga fue de tres semanas. Siempre lo tacharon de insensible y obsesionado con el trabajo, motivo por el cual prefería una que otra salida casual, que intentar conocer a alguien. Ahí el punto en no querer admitir la derrota de conseguir pareja por sí mismo. 

Alejó el sobre de un manotazo y este se desplazó a unos cuantos metros por debajo de una de las pesadas mesas, más allá de la oficina. 

—¡Puta madre! —exclamó perdiendo los estribos. Harto de todo este asunto.

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora