Capítulo 38

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Terry

El tráfico se había alentado y los cláxones sonaban cada vez más estridentes. El auto se detuvo por completo. Terry se asomó por la ventana en busca de algún oficial de tránsito, pero no vio ninguno.

—¿Informarás a Andersen? —soltó Alejandro después de varios intentos fallidos de iniciar conversación.

—Sí. ¿Y ahora qué sucede?

Sacó el teléfono y envió un mensaje a uno de sus compañeros. Lo consideró, quizá sería mejor comunicarse a la central. Era demasiado pronto para encontrar otro cuerpo; no podía ser eso.

—Ni idea, quizás un accidente más adelante nos impide el paso. —Alejandro bajó la vista y revisó el móvil—. Aún no me responden y no se puede avanzar.

Demasiado ocupados en el departamento para contestar.

Terry cogió los documentos, sujetó la manija y abrió. Puso un pie afuera y, sin más, bajó del auto. El golpe de la puerta al cerrarse captó la atención de Alejandro, quien dudó apenas un par de segundos, seguido de una maldición, hizo lo mismo; ya regresarían por el sedán más tarde.

Caminaron alrededor de una cuadra y, conforme se acercaban, la algarabía formada en la entrada de la Fiscalía era imposible de ignorar. Las puertas de cristal reflejaban las caras de los ciudadanos descontentos, las voces como un cántico de sirena sangriento se elevaban con el clamor, aunadas a las pancartas con furiosos trazos rojos con los nombres de las víctimas.

Varios agentes del orden ubicados en la entrada y alrededores hacían un esfuerzo por contenerlos. Gabriel Quintana y la joven reportera no eran los únicos ahí, el ojo vigilante de los medios capturaba la escena desde distintos ángulos en las cámaras. Al frente de todo, se encontraban los señores Montoya y Jay Silver. 

Andersen habló para apaciguarlos, les pidió calma; sin embargo, lo único que consiguió fue enardecer a la muchedumbre.

—¡Dijeron que se había terminado! —gritó la señora Montoya a través del megáfono. A pesar de portar la ropa pulcra, llevaba el cabello un tanto desordenado como si se hubiese pasado las manos por él en reiteradas ocasiones. Ya no había lágrimas; sin embargo, los ojos rojos dejaban entrever la desesperación que la carcomía.

—¡Mentirosos! —bramó una voz ronca en la multitud—. ¡Estos crímenes no deben de quedar impunes!

—¡Queremos justicia! ¡Justicia para todas las víctimas! —clamó otro y más voces se unieron.

—Esto no se ve bien —observó Alejandro, a su lado, del otro lado de la Fiscalía.

—Y una mierda que se ve bien. —Terry buscó una ruta para llegar al frente con la fiscal y el líder de los manifestantes antes de que esto escalase a más.

Tarde, no dio ni tres pasos.

Impulsados por las palabras, varios individuos se abalanzaron hacia la entrada del Ministerio Público armados con latas de pintura en aerosol y algunas piedras que consiguieron de las jardineras de en medio de la calle y las arrojaron contra los cristales, de los cuales solo uno se agrietó. Los demás resistieron porque no se les dio oportunidad de intentarlo de nuevo. Los oficiales con el equipo de protección avanzaron hacia ellos.

Habían transcurrido un par de horas desde el noticiero, la ciudad estaba despierta con los acontecimientos y esta vez no se quedarían tranquilos.

La unidad de disturbios empujaba detrás de los escudos de acrílico, y los ciudadanos, lejos de retroceder, trataban de pasar a toda costa. El enfado colectivo les confería mayor fuerza, parecían multiplicarse por cada oficial ahí presente. Los agentes se movieron y esparcieron el gas lacrimógeno. De inmediato, algunos se dispersaron, otros se conformaron con taparse la cara, pero los gritos persistían como si el infierno se hubiese abierto.

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora