Terry
—¿Dónde? —preguntó Alejandro de inmediato, y no fue el único en prestarle atención.
—Aquí —contestó Terry. Miró a su alrededor y negó, más exacto, la oficina del forense. No había transcurrido mucho desde aquella vez—. Finnegan, la carpeta con los archivos de evidencia forense que me diste a ordenar. Búscala.
Finnegan lo miró extrañado por un instante, luego su expresión se tornó resuelta como si estuviese a punto de discutir su orden.
—Eso fue para mantenerte ocupado —confesó sin culpa. Cubrió el cuerpo con la bolsa del cadáver y la cerró con cuidado—. Eran archivos antiguos a mi llegada que necesitaban ser ordenados. La base de datos está más actualizada, necesitaría hacer la búsqueda —concluyó el forense y empujó el compartimento para regresarlo a su lugar. No se deslizó hasta el fondo, a la mitad se atoró.
—Lo noté, no soy estúpido. Eran de tu predecesor. —Hizo una pausa—. Demasiada fuerza para empujar un simple compartimento, ¿no quieres ayuda? —ofreció Terry y una pizca de diversión se coló en su tono.
—¿En tus condiciones? No creo que sirva. —Finnegan cerró con un fuerte sonido metálico. Se giró y lideró el regreso.
Lo alcanzó en un par de zancadas.
—¿Preocupado?
—¿Qué más soñaste?
Se deshicieron de los guantes antes de poner un pie en la oficina. A estos le siguieron los cubre zapatos. Los movimientos practicados de Finnegan le confirieron agilidad, acabó pronto y cruzó la división sin esperarlos.
—Sí que tiene prisa —murmuró Alejandro y terminó de desechar la indumentaria—. ¿Y desde cuándo andas tan amistoso con él que hasta lo ayudas a ordenar? No me vengas con esa mierda de que fue inconsciente porque estaba desordenado.
—Desde que estamos en el caso, quería información y me hizo esperar por ella. Andas muy curioso.
—Ya decía que era extraño que pasaras tiempo con él por voluntad propia.
—Sí. ¿Acaso tendría más razones? —interrumpió Terry con tono severo, comenzaba a exasperarlo.
—Varias, pero cada quien —respondió Alejandro con una sonrisa conocedora.
Lo dejó pasar, no le daría motivos para escarbar en sus asuntos personales, algunas cosas deberían quedarse privadas. Por desgracia, entre menos información, más intentaría extraerla. El tiempo compartido con el forense era más de lo considerado habitual desde el trato. Después de finalizarlo, debería haberse detenido, lo sabía. Sin embargo, con la excusa del anillo, porque debía reconocer que no fue más que eso, lo buscó. Ver que Finnegan esperaba a otro no le agradó ni un poco, lo cual tampoco tenía sentido.
Entró a la oficina para centrarse en el caso, no había tiempo que perder en ese absurdo pensamiento.
—¿Recuerdas el folio? —preguntó Finnegan, al tiempo que introducía la llave en el archivero cerca del escritorio. Si los escuchó no lo demostró, abrió las puertas del estante con los casos de los últimos meses, los más antiguos los resguardaban aparte. Se giró hacia ellos.
—Terminación treinta y ocho o, era ochenta y tres. —Terry llevó un dedo al mentón, sin perderse ningún detalle de su interlocutor. El cabello recogido de Finnegan dejaba al descubierto la curva de su cuello, lamentó no haber dejado ni una marca. La próxima no se le pasaría. Apartó el pensamiento—. Bastante seguro de que había un ocho y un tres. —Hurgó en su mente un poco más—. Quizá de hace cinco meses.
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Muerte a cada paso
Mystery / Thriller«Las desgracias vienen de a tres» ¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir? Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
