Capítulo 39

4.5K 436 370
                                        

Bastian

Por segunda vez, comprobó que todo en la sala de necropsias se encontraba en orden. Las básculas estaban limpias, al igual que la mesa de autopsias, y el material para muestras, guardado en la gaveta correspondiente. Ningún instrumento necroquirúrgico fuera de lugar. Asintió, satisfecho, luego se acercó al contenedor de residuos y, sin prisa, se deshizo de los guantes y mascarilla. No había más cuerpos de los cuales encargarse, lo que agradecía.

Después de asearse, los pasos desenfadados lo llevaron a la oficina. Se sentó frente al escritorio para ponerse al corriente con la documentación pertinente. No quedaba mucho por hacer y, luego de vaciar la información en los dictámenes, la curiosidad venció al cansancio y buscó la bitácora del caso que le dio al detective.

Era una pequeña pieza en el plano de alguien más, ¿o solo una coincidencia aislada? Se había catalogado como homicidio, y a esas alturas habría un culpable tras las rejas. Leer el expediente fue un recorrido por los últimos días de vida de la víctima. Una no muy agradable, si consideraba las heridas impartidas. Le gustaba su trabajo, pero también necesitaba descansar. Lo cerró y se levantó.

Las horas transcurridas pesaban, se alejó de la pantalla del ordenador y estiró para reducir la rigidez de su cuerpo. Antes de irse, le dio una última mirada al cajón del lado derecho. El estuche seguía ahí, al acecho como un demonio desde el rincón a media noche a la espera de clavar sus garras, no iría a ninguna parte si no decidía qué hacer con él.

Lo tomó un momento para apreciarlo mejor, el tamaño del estuche era adecuado para llevarlo sin problemas. Sacó un bisturí y le colocó una de las hojas desechables, que se deslizaría como mantequilla en cuanto decidiera utilizarlo. Su mirada se detuvo en el grabado y el atisbo de una sonrisa se asomó a su rostro, lo regresó a su lugar y lo metió al bolsillo.

Un regalo inusual, sí, pero no tanto como la vez que el detective le dio la Glock, la cual mantenía en su apartamento, en la cómoda, a lado de su cama, sin atreverse a usar o devolverla. Si tomaba en cuenta quién se los había dado, no debería darle importancia; aun así, lo hacía. Eso era lo que lo fastidiaba.

Era mejor no dar más vueltas al asunto.

Pero su mente no se detuvo ahí, por supuesto.

No debió dejarlo entrar en su vida de ese modo, porque parecía imposible librarse de él. Sin embargo, la pregunta que más lo atormentaba era: ¿en verdad quería que se detuviese? Prefería no pensarlo, pero la noche y parte de la mañana no relataban lo mismo.

Demasiadas horas sin dormir lo estaban afectando. Si tenía precedentes, eso ya lo había metido en problemas antes.

«No fue más que sexo», se repitió.

Negó y se deshizo de la bata. Aún no había almorzado, y dado que ya no tenía trabajo, podía retirarse. Si lo necesitaban, que lo llamaran al móvil o que se encargara Caleb, que no debería de tardar. Decidido, cerró la puerta de la oficina. Avanzó por el corredor de paredes blancas que parecían absorber la luz. Y en la recepción, se topó con el técnico que acababa de llegar.

—Iré a comer, no creo regresar —dijo Bastian, y le tendió las llaves de la oficina­ a Caleb.

—De acuerdo, ¿hay algo de lo que deba encargarme? —preguntó el técnico con interés.

A diferencia de su antiguo asistente, Caleb tomaba su cargo con más seriedad. Además de ser mayor, no mostraba recelo por ser subordinado de alguien menor ni cuestionaba sus decisiones.

—Parece que tendrás libre la tarde, asegúrate de cerrar cuando te vayas.

Caleb asintió.

Bastian atravesó la entrada. Camino al estacionamiento, el móvil sonó. Eso fue más rápido de lo esperado. Respondió después de verificar el número.

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora