Bastian
Bastian arqueó una ceja negra a modo de respuesta. Consultó el reloj en su muñeca, e ignoró el comentario. Con una pequeña sonrisa ladeada, procedió a colocarse los guantes de látex.
Cuando aceptó la transferencia a la ciudad de Charity, estaba convencido de que estaría más ocupado, sin embargo, no tenía miedo. Era bueno en su trabajo, una de las razones por las cuales había sido llamado para ayudar con este caso. Que a su llegada se hubiese topado con el detective Duval, era el menor de sus inconvenientes, aunque a veces tuviese ganas de cortarle las arterias para escuchar paz.
Se acercó con paso firme, cámara en mano e hizo una primera toma. Acto seguido, la colgó en su cuello para poder retirar la manta percudida ante la atenta mirada de los espectadores.
Los policías los hicieron retroceder para que no interrumpieran su labor.
Tomó la cámara Nikon suspendida de su cuello y buscó un ángulo que le permitiera abarcar la escena ante él. Al mismo tiempo, Duval comenzó a preguntar a sus compañeros por los posibles testigos y se perdió entre las voces de los curiosos, que sedientos de información no dejaban de susurrar e intentar conseguir información estirando el cuello. Un oficial se acercó, indicándoles, por lo que debería ser como la quinta vez, que despejaran el área.
Bastian volvió al trabajo, frente a sus ojos se hallaba el cuerpo de una mujer caucásica, edad comprendida entre treinta, y treinta y cinco años. Tomó la foto de su posición actual. El cuerpo estaba contorsionado de tal forma que parecía una parodia de una muñeca macabra, sentada desnuda al lado de un contenedor de basura. El pelo rubio enmarañado era teñido, la delataban sus cejas negras. Los ojos vidriosos seguían abiertos en una eterna expresión de horror.
La única indumentaria eran los zapatos negros de tacón de aguja de diez centímetros. De pie, mediría metro sesenta aproximadamente.
Hizo el cálculo inmediato, dos o tres días de muerta, ya había iniciado la fase cromática, la mancha de color verde sobre el abdomen hinchado era prueba de ello, además este estaba cubierto de supurantes llagas rojas causadas por el fuego. Su complexión era delgada, presentaba múltiples quemaduras de segundo y tercer grado en el cuerpo. Hizo una toma más cercana, destacando una quemadura sobre el abdomen y la pelvis como si quien lo hizo tenía ganas de llegar al otro lado con el fuego, otra igual de grotesca en el brazo derecho, sellando el muñón donde faltaba de la mano hasta el codo. Desplazó la vista al otro brazo, había marcas de ligaduras, continuó observando, las mismas marcas estaban en los tobillos.
—Es hora de examinarla en la morgue —dijo en voz alta, llamando la atención de los presentes.
Rosalía, la becaria de Terry, se acercó.
—Bastian, yo informo y hago los trámites para movilizarla, despreocúpate por eso.
—Claro, pero que se apuren. Entre más tarden, el proceso de descomposición hará de las suyas.
Necesitaba revisarla a fondo en busca de más señales para ver si se trataba del mismo asesino, o era un imitador que atraído por el sensacionalismo que había causado la noticia de las otras dos víctimas, un hombre y una mujer hallados en estados similares, había decidido copiar el método.
Hasta ahora no habían encontrado nada que vinculara a las tres víctimas, o el móvil que guiaba los pasos del perpetrador. El único patrón, era el método de tortura utilizado para asesinarlas.
El detalle que no habían dado a conocer a la prensa, fue que en los cuerpos encontrados faltaban partes. En el chico habían cortado los dedos de los pies, en la otra mujer fueron las orejas, y en la rubia, la mano derecha.
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Muerte a cada paso
Mystère / Thriller«Las desgracias vienen de a tres» ¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir? Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
