Capítulo 1

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Terry

Lunes 8.20 p.m.

El timbre sonó con insistencia y reverberó por toda la casa. Sacó a Terry de un plácido sueño y le recordó que todavía le quedaba trabajo por hacer. No podía desplomarse a dormir aún, la pila de papeles no se reduciría por acto de magia. Llevaba días de desvelo por el caso, y hoy el cansancio había reptado por su cuerpo sin dar tregua.

Levantó la cabeza del escritorio, soltó una pequeña exhalación mientras se deshacía de los últimos vestigios del sueño y apartaba los bolígrafos sobre los que había dormido. Los colocó a un lado del cenicero, en el cual se hallaba aplastado un cigarro a medio fumar. 

El timbre volvió a sonar, escandaloso y molesto, hasta parecía que lo hacían a propósito. 

—¡Ya voy!

Diiiing. Dooong. Sonó por última vez como un grito desesperado.

«¡Otra vez ese sonido!».

Rodeó el escritorio y fue rumbo a la puerta, maldiciendo a los creadores de ese aparato infernal. Donde fuera un maldito vendedor de puerta en puerta, o un misionero, la que se le iba a armar.

Abrió la puerta, dispuesto a echar bronca, sin embargo, no había nadie. Miró alrededor, en busca del autor de la broma. Percibió un movimiento por el rabillo del ojo, una figura negra se movió a una velocidad digna de un maratonista, y se perdió entre la oscuridad de los edificios. 

—¡Hey!, ya te vi —dijo molesto—, ¡espera un momento! —gritó al tiempo que bajaba el escalón, pero de manera accidental pateó algo en el suelo, y este emitió un quejido. 

Bajó la vista para revisar qué había sido eso.

Era un pequeño cartón de botellas de aceite de cocina, cubierto por una cobija amarilla de estambre. 

«¿Y ahora?, no me digas que...»

Las manos le temblaron cuando se acercó a revelar el contenido de la caja. Tragó saliva y retiró la frazada. En efecto, alguien le había hecho un regalito. El bebé dormía envuelto en otra cobija, inconsciente del nuevo entorno. 

—No me jo... —empezó, exaltado. No terminó la frase, pues recordó que estaba en presencia de un bebé. 

Era tarde, el pequeño se despertó y comenzó a llorar con la fuerza de una alarma antincendios. 

—¡¿Y qué se supone que haga ahora?!

Volvió a ver a los lados una vez más. Al no ver a nadie, lo tomó entre sus brazos para intentar calmarlo. No lo podía dejar ahí afuera, expuesto a los peligros de la noche. Uno como sea, pero ¿qué tal si lo mordía un gato callejero?, no, ni siquiera él era tan cruel, ya llamaría a servicios sociales en cuanto amaneciera.

 Al fondo del cartón se encontraba un sobre amarillo tamaño carta. Lo cogió y entró a la casa, cerró la puerta como pudo. Una vez que el bebé se hubo apaciguado, lo acostó en su cama para que siguiera durmiendo. 

Contempló el sobre, no tenía remitente alguno. Con sospecha y temiendo lo peor, lo abrió.

Felicidades, ahora eres el padre de esta niña. Cuídala y no dejes que se la lleven los de servicio social.

Ese era el contenido de la nota. Adjunto, un par de papeles más, entre los que destacaba un acta de adopción que lo avalaba como padre adoptivo de la bebé. 

—¡Qué carajos! —Se llevó una mano a la boca y revisó que el bebé no se hubiera despertado.

Tenía que ser falso, no había manera de que ese trámite se hubiera realizado sin su consentimiento. Su esperanza decayó cuando al final del documento se encontró su propia firma. 

Muerte a cada pasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora