Rosalía
El humo de tabaco formaba virutas espectrales en el aire, y estas se entremezclaban con el olor del alcohol y del sudor de los cuerpos de todos los ahí reunidos, quienes se movían al ritmo de un punk mezclado con electrónica. Las luces de neón resaltaban la diversidad de los presentes: los rostros joviales cubiertos de maquillajes, desde simples hasta los más exóticos, vestidos cortos y ceñidos, camisetas holgadas, lentejuelas que atrapaban los reflejos de la iluminación e incluso se alcanzaban a divisar algunos oficinistas o personas de negocios que habían cedido a la tentación del establecimiento. Esa noche, El Caldero estaba a rebosar de energía.
Rosalía se dirigió a la barra de madera oscura como por quinta vez, ¿o era la séptima? No estaba segura, desde hacía rato que dejó de contar. Pidió un trago de whisky. Detrás de ella venían Amira y Joan, dos de sus amigos; el tercero se contoneaba de manera sinuosa a otro de los asistentes. El barman se lo pasó y, en cuanto lo tuvo, Amira y Joan la animaron a beber gota a gota el precioso líquido. Bajó el vaso vacío de golpe con un grito de júbilo, levantó las manos por su hazaña con una sonrisa y avanzó hacia la pista. No le importaba si se tambaleaba ante los ojos de los demás. De todos modos, no era la única.
Después de varios días, en los cuales anduvo de arriba abajo, el descanso se sentía bien merecido. Se movió con la música que fluía por su cuerpo como un shot revitalizador. Ese momento en el que podía disfrutar sin tener que preocuparse por nada era la mejor parte del fin de semana. Lástima que solo eran ellos cuatro, puesto que su otro amigo no pudo asistir. Bailó algunas canciones más y luego le pidió a Amira que la acompañase a los aseos. La chica asintió, tomaron los bolsos y entre risas se retiraron.
En los sanitarios, Amira se dirigió al primer cubículo desocupado que encontró y vomitó por un largo rato. Rosalía se apresuró a su lado, sujetó su cabello por ella y esperó con paciencia. Se salpicaron la cara con el agua del fregadero, la chica para limpiarse los restos y Rosalía para espabilarse un poco. Su garganta se sentía reseca, quizá otro trago serviría.
De regreso, en lugar de volver a la pista, fueron a la barra. Rosalía le hizo una seña al barman, este le indicó que esperase un momento en el que terminaba de atender a un hombre, el cual reparó en ella, le dio un ligero asentimiento y después el barista se acercó.
—¿Qué te sirvo? —preguntó él.
—Vodka con lima. —Giró hacia su amiga en una muda pregunta, y Amira sacudió la cabeza en gesto negativo.
—No creo que deba seguir tomando —respondió Amira, justo cuando el barman les dijo que el caballero de la esquina pagaba.
Agradeció la cortesía y el hombre se dispuso a preparar su bebida.
—¿Quieres que nos vayamos a casa? Voy por los chicos.
Amira asintió, su rostro se veía pálido.
Rosalía la dejó un momento, no quería hacerlo, pero alguien debía conseguir ayuda, por lo que, entre el mar de cuerpos agitándose con la música, buscó a sus amigos. Los localizó en un rincón, por lo menos estaban cerca el uno del otro, aunque con diferentes parejas.
Llamó su atención y fueron por Amira, sin embargo, ninguno de ellos estaba en condiciones para conducir, además el auto se encontraba bloqueado por otros dos, y no confiaban en sus habilidades en ese estado, por lo tanto, solo las acompañaron a la salida trasera. Era el camino fácil y el menos transitado por la estrechez de este. Ya habían llamado a un taxi para que las recogiera, no obstante, debido a lo lleno de El Caldero no había lugar para estacionarse, lo más cerca era a una cuadra. Lo verían ahí en diez minutos, y sus amigos se irían después.
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Muerte a cada paso
Mystery / Thriller«Las desgracias vienen de a tres» ¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir? Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
