||Trentasette||

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|37|Dos tipos de cuidados (parte 2)

Observó con pesar su cuarta martinera ya vacía. Tomó su teléfono para ver si Giulietta está bien o le paso algo durante el recorrido; pero nada. Harto y cansado levantó su mano para llamar al barman y pedir su cuenta, aprovechando que sus amigos estaban distraídos hablando entre ellos. Guardo su celular en el bolsillo de su saco para después estirarse por encima de la barra para tomar una de las servilletas del otro lado y poder limpiar sus delgados labios de manera elegante al igual que calmada. Luego se encargaría de hablar con su cuñada.

Bajó tranquilamente de su banquillo llamando la atención de sus amigos; quienes rápidamente se pusieron nerviosos al verlo arreglando su saco negro.

–¿Luca? ¿Qué pasa? –preguntó Russell mientras que Hiro miraba a todos lados para ver a su esposo para empezaran ya.

–Lo siento, chicos, no puedo estar aquí bebiendo teniendo a mi bebé enferma en casa –respondió tranquilo en lo que sacaba su billetera al momento en que el hombre dejó su cuenta sobre la barra–. Quiero irme a casa –colocó los billetes sobre la cuenta junto con una buena propina para después girar a ver a sus compañeros con cansancio–, además no quiero incomodar más Russell, debe estar nervioso.

Le sonrío débilmente al pelinegro más alto, el estadunidense le sonrió nervioso. Ambos extranjeros se encontraban en blanco al no saber cómo detenerlo sin verse mal al intentar poner prioridad a la bebida de lugar de su bebé enferma.

–Nos vemos el lunes –se despidió con un movimiento de mano.

Ambos lo vieron alejándose a pasos relajados y con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Hamada intranquilo va directamente a uno de los grandulones meseros del local y primo de Miguel para luego sostenerlo del cuello de su camisa, jalándolo hacia su altura y mostrándole su mirada molesta.

–Dile al idiota de mi marido que inicie de una jodida vez o lo castro –recalcó entre dientes antes de soltarlo.

El hombre de piel morena asintió repetitivamente y de manera temerosa. Toda la familia Rivera sabia del mal humor del esposo de su adorado Miguel, así que no era buena idea hacerlo enojar –incluso con su actitud malhumorada era el preferido de la abuela Elena y de su suegra–. Asintiendo repetitivas veces dejo la bandeja sobre una de las mesas vacías y corrió detrás del escenario.

Al verlo irse como gallina escapando de un coyote, Hiro exhaló peinando sus cabellos hacia atrás para después girar su mirada hacia el otro de los primos de Miguel; quien al verlo tragó saliva y sacó su radio para que detuvieran a Paguro. Russell lo miraba con miedo, a lo que el japonés se acercó a la barra para darle un largo trago a su wiski.

Luca caminaba a su ritmo relajado hacia la salida, preparado para tomar el primer taxi que lo lleve a su hogar. Hasta que de repente todas las luces del bar se apagaron de manera repentina. Todos clientes y personal comenzaron a murmurar. Iba ignorarlo e irse, pero el fuerte gritó estilo mexicano de un hombre provocó que detuviera sus pasos y levantara su mirada al reconocer la voz. En medio de la oscuridad su mirada castaña brillo al encontrarse con aquellos ojos verdes olivos. Él le sonriera en grande mostrando su sonrisa llena de confianza. Las luces se encendieron sobre él y los mariachis que lo acompañaban allá arriba del segundo piso del bar.

Portando un traje de charro blanco con toques dorados y amarillentos, Camilo Madrigal relucía en lo más alto, haciendo suspirar a la mayoría de mujeres –y algún que otro hombre–, pero su mirada estaba enfocada en aquel hombre de piel blanca y cabello castaño oscuro; quien le sonrió de manera juguetona mientras cruzaba sus brazos contra su pecho.

–Ya te vas, piccolo, la fiesta apenas empieza –habló lo suficientemente en alto sin perder el tono encantador de sus palabras.

Él rodeó la mirada sin mucho interés, pero también sin borrar su sonrisa.

No por compromiso ||LubertoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora