||Trentasei||

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|36|Dos tipos de cuidado (parte 1)

Su sonrisa relajada y tranquila se dejó apreciar al momento de quitar su casco, con sus dedos peino hacia atrás sus cabellos castaños blondes al momento que la húmeda y congelada briza de la primeras semanas de diciembre lo envolvieron. El sol aun no hacía de su presencia –aunque tampoco pareciera que lo haría ante el enorme manto de nubes grises que cobijaban Portorosso–. Respiró profundo, liberando de sus labios un humo semejante al del tabaco. Bajo de su vehículo, retiró las llaves y colocó su casco sobre el asiento para sacar del compartimiento las cosas que le pidió su amado; desde el medicamento y el nuevo cargamento de leche materna de Mina junto con las vitaminas de Leonardo. De paso aprovechó en comprar una caja de Sfogliatelles –de su panadería/pastelería preferida– recién hechos y un café con leche para Luca.

Hizo equilibrio con todas las cosas y subió a la entrada de la residencia de su amado. Apenas logró abrir la puerta de la entrada y cuando estaba a punto de cerrarla fue recibido por el mastín napolitano que bajaba emocionado las escaleras e intento lanzarse hacia él, pero el grito soñoliento e infantil de su hijo lo detuvo.

–Giuseppe, no, deja en paz a papá –el adorable regaño del niño de cuatro años provocó que el perro se calmara al instante, sentándose de manera obediente.

Un suspiro de alivio salió del pecoso mayor, levantó la mirada para agradecerle al pequeño, pero se sorprendió al verlo aun con su pijama y su cabello revuelto. Lo cual era raro ya que Luca siempre lo tenía listo con su uniforme y peinado. Leonardo se encontraba al final de las escaleras tallando con pesar su ojito con su puño mientras que su otra mano abrazaba a su amado peluche.

Alberto suspiró y sin pensarlo rápidamente dejo las cosas sobre la mesa del comedor, notando de primera que al menos ya había desayunado al ver los platos sucios sobre la mesa. Los tomó junto con la leche materna y se adentró a la cocina para colocar cada cosa en su lugar mientras era seguido por un soñoliento Leo. Una vez que cerró la puerta del refrigerador volteó a ver a su hijo mayor.

–¿Dónde está tu papá?

–En su cama alimentando a Mina –musitó soltando un grande bostezo.

–¿Aún sigue enferma?

Asintió pesadamente, cabeceando su cabecita. Él se relajó cargó al pequeño en sus brazos; quien al instante se acurrucó en su pecho con intenciones de dormirse un poquitito más. Tomó la caja con el postre y el café de Luca, esperando que ninguna de las dos cosas se estropee con un movimiento en falso. Con el niño subió con sumo cuidado las escaleras, sonriendo tiernamente al escuchar el suave tarareo de la canción que le dedico a Luca en la bañera. No lo pensó mucho y se acercó a la habitación principal, teniendo la suerte que la puerta se encontraba entre abierta y con el ligero empujón de su bota estilo explorador la abrió por completo; ganándose la mirada cansada y agotada del papá de sus hijos.

Luca se encontraba sentado en medio de la cama, portando aun su pijama que era una verde con el logo del videojuego; Minecraft –lo cual no le sorprendía conociendo los ocultos gustos frikis de su amado–. Tenía una mancha de vomito que se notaba que intento limpiar, tenía ojeras, su cabello aún más desastroso que el de Leo. Sin duda era una imagen lamentable, todo lo contrario al Luca que utiliza trajes y tiene un aura dominante.

En sus brazos tenía a su bebé sollozando mientras bebía de su manila. La pequeña tenía sus regordetas y pecosas mejillas rojizas mientras sus ojitos rosados seguían lagrimeando.

–¿Cómo sigue? –preguntó dulcemente mientras se acercaba a ellos.

–Aún tiene malestares –bostezó fuertemente– y diarrea. ¿Compraste la crema para la rozadura?

No por compromiso ||LubertoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora