CAPITULO 29

67 2 0
                                    

Alfonso
Entré a la oficina de mi novia con todo el entusiasmo para invitarla a comer. Abrí la puerta, y ahí estaba con su mejor amigo: el mismo chico con el que había ido a la fiesta. Ellos tenían un comportamiento muy extraño cuando los vi, pero ella supo disimularlo muy bien. Apenas me vio, se levantó nerviosa y evitó mirarme.
Me acerqué y me dio un beso sin emoción.

-Qué sorpresa ¿Por qué no me avisaste que ibas a venir? -preguntó Isell.

-Quería sorprenderte, cariño -la tomé de la cintura-, además, quiero invitarte a desayunar ¿Nos vamos?

-Ah, no yo no voy a poder. -Ella me quitó la mano y se alejó para sentarse en el escritorio al lado de Alex-. Estoy con mi mejor amigo, él vino a visitarme y me voy a quedar aquí.

—Siempre lo prefieres a él, desde que estamos juntos no hemos podido estar a solas.

-Él es mi mejor amigo y siempre lo voy a preferir porque lo conozco desde hace muchos años.

-Está bien, haz lo que quieras -respondí furioso mientras me iba de la oficina.

Sam
Yo me encontraba en el baño, cuando salí me di cuenta de que Isell estaba con Alex. Me detuve para no interrumpirlos y escuchar su conversación.

-¿Por qué estás con ese idiota? -preguntó Alex.

-Él está enamorado de mí y quiero intentar algo con él -respondió Isell.

-Se nota que es impulsivo, te respondió horrible cuando se fue.

-No, nada que ver. Alfonso es muy dulce conmigo.

Él le sonrió y ella lo miró con ojos de amor. Era notable, Isell quería darle celos a Alex, pero no sabía por qué razón estaba con Alfonso. Después, lo pensé y me di cuenta de que estaba en la misma situación que ella. Por eso no dije nada, salí del baño y ellos se sorprendieron al verme. Carls entró desesperado a la oficina, me observó desde la puerta y yo me acerqué para saludarlo. Él me mostró su mejilla derecha y después volteó el rostro con la intención de darme un beso en los labios.

-¿Por qué estás trabajando? No es necesario que lo hagas, yo te puedo dar el dinero que necesitas -me dijo Carls con buenas intenciones, pero yo me molesté.

-No vuelvas a decir eso. Me haces sentir inútil como si no me gustara trabajar.

-Sam, no seas tonta -dijo Isell.

-No es eso. Solo quiero aprovechar el poco tiempo que tenemos para estar juntos -Él puso su mano sobre mi hombro, me vio con dulzura y me sonrió-. No te molestes, de hecho, me gusta que seas trabajadora.

-Si tú lo dices... más tarde paso por tu oficina para que me lleves a la casa.

-Está bien, te veo luego -musitó él robándome un beso.

Me sorprendí de nuevo porque me besó desprevenida. En ese instante, él se dirigió al estacionamiento.

—¿Qué le hiciste a mi primo para que esté loco por ti?

—Nada, yo no he hecho nada -repliqué nerviosa.

—Pero qué preguntas, Samantha es muy hermosa -enfatizó Alex.

Yo me quedé paralizada cuando Alex me dijo eso, pero Isell se moría de los celos.

—Bueno, yo me voy.

Me dirigí al estacionamiento para encontrarme con Carls.

—¿Tienes hambre? -preguntó él.

—No... bueno sí, pero comeré en la casa. No te preocupes.

-Vamos a comer un helado -me jaló del brazo para llevarme a la tienda.

-Espera, no tengo dinero para comprar.

-¿Te pregunté?

-¡Qué grosero eres!

-Ya estamos aquí, elige el que quieras -sugirió cuando estábamos en la heladería.

-No sé qué pedir... ¿y si eliges tú por mí?

—¿Qué te da pena?

—Todo está muy caro -murmuré en voz baja-, ¿no crees que es demasiado, para ser un simple helado?

-Me da ese, por favor -él escogió el más caro de todos.

-¿Por qué...? Me siento mal por no aportar.

-No te preocupes, solo compraré uno y comeremos en el auto. ¿Te parece?

Salimos de la heladería y nos fuimos caminando hacia donde estaba el auto.

-Hay que reconocer que está muy rico, pero no quiero que compres en lugares caros. También me gustan los helados en fundita -Él me sonrió.

-De verdad, a mí también me gustan de esos.

Mientras nos sentamos a comer en el auto, yo estaba jugando con él, le ponía helado en la nariz y en la cara. Él me hacía cosquillas y me daba besos en la cara. Sin querer manché su camisa y pegué un respingo.

-Lo siento, no te quise ensuciar, discúlpame.

-No, no importa -Él se quitó el saco negro que llevaba puesto-.

-Tu camisa blanca está manchada, déjame echarte agua -sugerí nerviosa, pero le regué casi toda el agua en la camisa.

-Sam, me mojaste -Él pegó un respingo mientras se quejaba.

-Te la voy a quitar -dije en voz baja, mientras me acercaba a desabotonar su camisa-, al menos déjame ayudarte.

-No creo que sea buena idea -replicó nervioso mientras me alejaba.

No podía quitarle los ojos de encima. Miraba detenidamente con deseo su cuerpo  y su abdomen marcado. Él era delgado, y las venas de sus antebrazos estaban tan brotadas que me excitaban.

-Haces ejercicios-pregunte, como excusa mientras rozaba  mis dedos por su antebrazo.
-Si en casa tengo un gimnasio-respondió sin entender mi indirecta.
No lo deje terminar de hablar. Levante mi falda y me senté encima de sus piernas. Lo agarre  del cuello y lo bese con ansias.

Almas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora