Capítulo 32.

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Kara.

La noche había llegado con rapidez, demasiada como para alcanzar a bajar todas las emociones de ese día que parecía no detenerse y se mantenía avanzando sin importar a quien arrastrase.

Desde esa conversación con Sam había una sensación de vacío jugando en mis entrañas, muy tenue para convertirse en algo insostenible, pero lo suficientemente molesto como para no permitirme ignorarlo en ningún momento. La duda razonable seguía dando vueltas en mis pensamientos, pero no tanto como todo lo que finalmente había desencadenado ese encuentro furioso en la cocina de su casa.

En ese momento, la pequeña Lutessa se encontraba ajena a cualquier cosa que pasara alrededor de nosotras, acurrucada entre mis brazos mientras esperaba pacientemente que la niña soltara ese pequeño atisbo de energía que mantenía sus ojitos medio abiertos. Lena, por otra parte, se encontraba dando vueltas, juntando ropa para el lavado, doblando lo que estaba limpio y preparando un poco más la habitación que estaba utilizando Ruby para que pudiese estar en adecuadas condiciones para Alex y Sam.

La niña dio un suspiro pesando, apretando con fuerza mi blusa antes de simplemente relajarse completamente y dejar que sus párpados se cerrasen. Esa niña se había vuelto una plumita, con su carita llena de paz y esa piel que parecía de porcelana; la niña parecía ser la muñequita más hermosa del mundo entero.

—Ya se ha dormido. — Susurré mientras caminaba cuidadosamente hacia la cuna. — La dejaré en con una bufanda a su lado para que pueda tener un sueño más reparador.

—Mmh.

Ese fue el único sonido que escapó de sus labios y luego ella desapareció. Yo me di el tiempo de besar largamente el cabello de mi princesa, haciéndole saber que estaba acá, que podría correr directamente hacia ella cuando quisiera antes de dejarla en su cunita, segura y en completa calma.

Me di un tiempo de observarla, de empaparme de esa calma para luego salir a pasos lentos en busca de Lena. Me asomé a su habitación, pero ahí seguía oscuro; pasé por la puerta del cuarto de Rubs, viendo de reojo como ellas estaban las tres recostadas en una cama, viendo alguna película que probablemente no tenía relevancia porque estaban las tres juntas. El camino continuó directamente hacia la sala, el cuarto de lavado y finalmente la cocina.

Lena estaba ahí, en ese último lugar lavando los trastes con la mirada perdida en la ventana. Esa noche era especialmente fría, la ventisca había traído finalmente una nevada que propiciaba un ambiente familiar y romántico. Quería estar con ella, arreglarlo.

—¿Podemos hablar? — Susurré mientras me apoyaba en el umbral de la cocina. — ¿O ignoraremos esto como lo hicimos la primera vez?

Vi como Lena temblaba intentando mantener las tazas entre sus manos. — No tenemos nada que hablar, Kara. — Masculló entre balbuceos torpes. — Solo... solo...

—Hicimos el amor. — Puntué. — Por segunda vez en una semana. — El rojo se subió de inmediato a su pálido rostro. — Y también, tenemos que puntuar que pasó luego de que recibiste un mensaje de Alessandro, quien por cierto es un hombre italiano que busca radicarse entre montañas. — Sin pudor alguno comencé a moverme hasta ponerme justo tras de ella. — Y cabe la casualidad de que ese hombre te recuerda que es quien te ayudó a recoger la fórmula para Lu utiliza entre comidas en el supermercado hace una semana y media. — Con la delicadeza de un lince terminé por encerrarla con mis brazos contra la encimera, presionando más de lo que es sanamente permitido contra el mueble. — Y que al parecer también, ese hombre tiene los cojones para recordar lo linda que eres y expresar abiertamente que quiere concertar una cita para conocerte mejor.

Sus largos dedos rodearon una de mis muñecas. — Kara, por favor.

Gruñí en desacuerdo. — No. — Mis manos se despegaron para aferrarse con fuerza al hueso de sus caderas, tirando hacia mí. — No te atrevas a decir una idiotez como la que dijiste hace unas horas.

La deuda de Los Luthor. - SupercorpHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora