Una gallina especial.

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Omnisciente.

Lena respiraba con dificultad, su rostro mostrando una mezcla de dolor y frustración mientras miraba a Carina DeLuca, quien parecía inmune a la intensidad de la situación. Carina sostenía la tabla de datos médicos con la serenidad de alguien que había visto esto mil veces antes.

—A ver, Lena... —Carina comenzó a explicar, mirando con calma los resultados—, tienes la presión un poco alta y el bebé está en una posición que no facilita una cesárea. Además, tu dilatación está en ocho centímetros... Así que, por ahora, el plan de cesárea no es viable.

Lena, con la mandíbula tensa, fulminó a Carina con la mirada, rezando a algún dios inventado que las palabras de su amiga no significaran lo que ella pensaba.

—¿Qué estás tratando de decir?

—Que será un parto natural, Lena. —contestó Carina con la suavidad que se reserva para las malas noticias inevitables.

Lena apretó los puños sobre las sábanas del hospital, intentando aguantar estoicamente el dolor que punzaba en su vientre, acompañado por esa sensación tan conocida de estar siendo aplastada desde la columna.

—¡Me prometiste que sería una cesárea! —El intento desesperado de mantener la calma era evidente mientras el bebé empujaba contra sus huesos. — ¡Me dijiste que no tendría que pasar por esto otra vez! —Gruñó, su voz entrecortada por las contracciones. — Carina, me lo prometiste.

Kara, que estaba al lado de la cama, intentaba no entrar en pánico. Respiraba profundamente, repitiéndose a sí misma que debía mantener la calma. Como publicista, sabía manejar situaciones de crisis, pero esto... esto era completamente diferente.

—Cariño, respira. —Murmuró Kara, forzando una sonrisa nerviosa—. Recuerda que ya lo has hecho tres veces, esto es solo... bueno, un poco más de lo mismo, ¿no?

Lena la miró con una mezcla de incredulidad y furia, acrecentando esos sentimientos con el dolor latente de estar dando a luz.

—¡Esto no es como redactar un maldito eslogan, Kara! —Espetó Lena—. ¡Es un ser humano... grande... que está tratando de salir por un lugar muy pequeño! ¡Mi lugar pequeño!

Carina intervino con su tono profesional, sabiendo que Kara estaba a punto de romperse entre el dolor de su esposa y su propio nerviosismo por saber que ella sufría.

—Lena, lo estamos monitoreando todo. Estás en las mejores manos, pero a veces el cuerpo toma decisiones por nosotros. — La obstetra ofreció una sonrisa amable, apretando la mano de su amiga para darle un poco de calma—. Y los bebés, sobre todo los Zor-El Luthor, tienen esa manía de avergonzarme con mis diagnósticos, saliendo cuando se les da la gana.

Kara, al borde de la desesperación, decidió que lo mejor sería salir de la habitación antes de que Lena la destrozara verbalmente, más aún porque, con el nerviosismo, era capaz de soltar cualquier idiotez que le cruzara por la cabeza. Además, tenía que ir a ver a los niños. Con un beso rápido en la frente de Lena, murmuró:

—Voy a ver a los niños, ya vuelvo. —Le miró con suavidad, sabiendo que su instinto primario era estar al lado de su esposa—. Te amo, corazón.

Lena, aunque molesta, esbozó una sonrisa, recordando directamente ese intercambio de palabras que antes la habría hecho explotar, pero que ahora amaba tremendamente. —También te amo, señora Zor-El.

En cuanto Kara salió de la sala de partos, sintió un alivio temporal... hasta que llegó a la sala de espera, donde Lutessa, Lori y Liam la esperaban con la impaciencia típica de los niños que no entienden por qué todo lleva tanto tiempo.

La deuda de Los Luthor. - SupercorpHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora