Siento el corazón latiéndome a mil, desbocado, mientras busco una salida desesperada. Tengo que salir de acá. Corro hacia una ventana abierta, el aire frío me pega en la cara y me quita un poco el aliento. Miro para abajo. La caída es brava, alta. Pero no tengo otra. Escucho a Alejandro cada vez más cerca, sus pasos resonando como un martillo en mi cabeza.
Sin pensarlo, me subo al alféizar. El frío me cala hasta los huesos, el viento me sacude, pero la única opción es saltar. En ese momento, siento sus manos agarrando mi cabello con fuerza. Clavo las uñas en sus brazos, trato de zafarme, pero me sostiene firme. Lo veo: sus ojos negros, llenos de odio, como si quisiera arrancarme la piel.
-¿Vas a saltar, boluda? -me escupe con furia, con la voz que tiembla entre la rabia y el desprecio-. Cuando te agarre, vas a ver lo que te va a pasar.
Mis piernas se me aflojan, siento el miedo pegándome al cuerpo, pero no quiero que me agarre. No hoy. No de nuevo.
Cierro los ojos un segundo, respiro hondo, y me tiro. El viento me silba en la cara, me quema la piel, y el suelo se acerca a toda velocidad. Caigo de rodillas, un dolor agudo me atraviesa las piernas, como si se me rompieran por dentro. Sangro, me arde un montón, pero no puedo quedarme tirada.
Me levanto temblando, el cuerpo hecho mierda, las rodillas raspadas y llenas de sangre, pero la adrenalina me mantiene en pie. Tengo que seguir.
Fin del flashback.
-¡Bella! -me grita Carlos, sacándome de mi cabeza.
-¿Sí? ¿Qué pasa? -le pregunto, con la voz todavía temblorosa.
-Dale, vení, vamos a desayunar.
-Bueno...
Voy hasta la mesa y nos sentamos. Mate cocido, masitas con queso, y frutillas de postre. Yo agarro más frutillas, me caen livianas y no me llenan.
-Hoy vamos a comprar las cámaras de seguridad. Terminamos de desayunar y salimos, ¿dale? No tengo clases, así que tengo tiempo -me dice, con una sonrisa que tendría que tranquilizarme, pero no lo logra del todo.
-Está bien...
-Y de paso compramos lo que quieras. Pero basta de llorar, Bella, basta de tener miedo. Yo estoy acá, ¿entendés? Yo te voy a cuidar. Ahora comé tranquila.
Quiero tragar, pero se me hace un nudo en la garganta. Las lágrimas me brotan sin aviso, y de golpe me quebró en llanto.
Carlos deja todo y se acerca rápido. Me abraza fuerte. Sus brazos me rodean y me siento chiquita, protegida, como si nada pudiera tocarme.
-Shh, tranquila, Bella. Estoy con vos -me dice con esa voz varonil, acariciándome la cabeza mientras lloro contra su pecho.
No sé bien por qué lloro, pero necesito hacerlo.
Te tengo a vos, Carlos. Si no estuvieras, no sé qué haría.
Sos como una luz en esta oscuridad que no me deja respirar. Sos lo único que necesito.
Pero sé que no puedo seguir así. Tengo que ser fuerte. Por mamá. Ella ya tiene suficientes quilombos con la casa como para sumarles los míos.
-Bella, escuchame -dice Carlos de golpe, firme, dándome seguridad-. Te voy a dar plata para la casa. Tienen que terminarla cuanto antes, para que vos y tu vieja estén seguras. Basta de llorar, ¿dale? No tengas miedo, porque me tenés a mí. Siempre voy a estar, siempre te voy a cuidar. Te lo juro.
Lo miro en silencio. Gracias. Quisiera decírselo, pero no salen las palabras.
Me siento una inútil, un estorbo. ¿Por qué hace tanto por mí? ¿Por qué es tan bueno? Después de todo lo que le dije anoche, no lo merezco. No lo merezco.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
