Narra Carlos.
Estaba afuera, cortando flores para Bella. Pensé que sería un buen detalle para alegrarle el día. A ella siempre le gustaron las flores, especialmente las que crecían aquí, en nuestro jardín.
Corté un ramo perfecto: rosas blancas, lirios y unas cuantas flores silvestres. Mientras las arreglaba, mi mente vagaba. Me imaginé su sonrisa, esa que rara vez me regala últimamente. Me hacía falta.
Con el ramo listo, entré a la casa y subí las escaleras hacia nuestra habitación. Empujé la puerta suavemente, queriendo sorprenderla, pero... no estaba allí.
Mis ojos recorrieron el cuarto vacío. La cama estaba deshecha, pero no había rastro de ella. Dejé las flores sobre la mesita y revisé el baño, el armario, incluso detrás de las cortinas. Nada. Un frío repentino recorrió mi espalda.
—¿Bella? —llamé, intentando mantener la calma. No obtuve respuesta.
Mi mente empezó a girar en círculos. Salí del cuarto y revisé toda la casa, cada rincón, cada habitación, cada maldito espacio. No estaba en ninguna parte. El pánico empezó a transformarse en rabia.
Bajé las escaleras con pasos pesados, respirando cada vez más rápido. ¿A dónde demonios había ido? Golpeé la pared con el puño, sintiendo el dolor recorrer mi brazo, pero no me importó. La busqué afuera, en el jardín, en el garaje, en el sótano.
Nada.
—¡BELLA! —grité con fuerza, mi voz retumbando en las paredes de la mansión. Pero lo único que me respondió fue el eco.
Se había ido.
El dolor en mi pecho comenzó a crecer, profundo y ardiente. La imagen de su rostro, de su cuerpo en mis brazos, de todo lo que compartimos, pasó por mi mente en un torbellino. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo se atrevió a desobedecerme? Me había prometido que no se iría, que estaría conmigo.
Mis manos temblaban de furia. Golpeé una silla, haciendo que se estrellara contra la pared, y luego la mesa del comedor, que se volcó con fuerza. Sentía el calor subir a mi cabeza, mi respiración agitada. Todo lo que hice por ella... todo, y así me lo paga.
—Maldita sea, Bella... —murmuré entre dientes, mi voz rota por la mezcla de enojo y tristeza. Mi mirada se posó en las flores que había dejado en la mesa.
Flores para alguien que decidió abandonarme.
Las tomé con fuerza, arrancando los pétalos y dejando que se esparcieran por el suelo, como si así pudiera arrancarme también este sentimiento de traición.
—Te voy a encontrar. —juré, con el pecho ardiendo. —Y no vas a volver a irte. Nunca.
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Me subo al auto con un gesto tenso, cada músculo de mi cuerpo rígido por la furia contenida. No hay rastro de Bella en la mansión, y su huida me quema por dentro. ¿A dónde fue?.
El volante tiembla bajo mis manos cuando acelero hacia la casa de su madre. Ella tiene que estar ahí. No hay otra explicación. Si Max tiene algo que ver con esto, no sé de qué soy capaz.
Aparco frente a la casa y bajo con pasos firmes. Golpeo la puerta, no con fuerza, pero lo suficiente para que se note mi urgencia. La madre de Bella abre con una sonrisa cordial, aunque noto la preocupación latente en sus ojos.
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El Peso De Mi Obsesión
Aktuelle LiteraturDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
