Narra Bella.
El frío del piso de la sala de ballet desaparece cuando siento sus brazos rodearme.
Carlos me levanta con una delicadeza que contrasta brutalmente con los recuerdos que acaban de atravesarme como cuchillos. Su agarre es firme, protector. Como siempre.
Me lleva hasta el auto sin decir una palabra. Me sienta en el asiento del acompañante, me acomoda con cuidado y me abrocha el cinturón. Sus dedos tiemblan apenas cuando pasan por mi hombro.
Lo observo.
Tiene el rostro tenso, la mandíbula marcada. Pero en sus ojos hay algo que conozco bien: angustia.
El motor arranca. El auto empieza a moverse por las calles teñidas de naranja por el atardecer.
—No te preocupes... mi ángel. Estoy bien —murmuro.
Carlos frena casi de golpe.
El auto queda quieto en medio de la calle vacía.
Sus manos aprietan el volante hasta que los nudillos se vuelven blancos.
Nunca lo había llamado así.
Para él yo siempre fui su ángel.
Que yo le devuelva ese nombre lo deja inmóvil.
—¿Qué...? —su voz sale baja.
Lo miro de lado. Las lágrimas que llevaba conteniendo empiezan a caer sin que pueda frenarlas.
—Amor...
Respiro hondo antes de seguir.
—Recordé cuando te vi por primera vez.
Carlos no se mueve. Ni siquiera parpadea.
—Tenía quince años... —continúo—. Y vos parecías un ángel. De verdad. Algo demasiado hermoso para ser real. Tu forma de caminar, tus ojos celestes... ese pelo rubio que siempre caía en rulos desordenados. Me gustaste desde el primer segundo.
Su respiración cambia. Se vuelve irregular.
—Tenía miedo de perderte —confieso, casi en un susurro—. Sabía que te gustaba... pero no quería ser tu novia.
Carlos gira apenas la cabeza hacia mí.
—No era porque no te amara —digo rápido—. Era porque eras demasiado importante. Tenía miedo de que si lo arruinábamos... también perdiera tu amistad.
Me limpio una lágrima.
—Por eso aguanté todo, Carlos.
El silencio dentro del auto pesa.
—Todo lo que pasó después... —continúo—. Yo lo soporté porque te amaba. Y ahora lo recuerdo.
Mi mano busca su brazo. Siento los músculos tensos bajo la tela del traje.
Benjamín aparece en mi mente.
El niño que él adoptó sin tener una sola gota de sangre en común.
—Recuerdo la devoción que sentía por vos —murmuro.
Carlos sigue en silencio.
—Puedo aguantar, Carlos —digo finalmente—. Puedo perdonarte muchas cosas... pero ya no sigas lastimándome.
Hago una pausa.
El aire dentro del auto se vuelve pesado.
—Recordé todo —susurro—. Incluso esa noche.
Sus ojos bajan.
—Cuando abusaste de mí.
El silencio que sigue es profundo. Casi sagrado.
Carlos cierra los ojos un segundo.
—Lo siento, Bella —dice finalmente.
Su voz suena cansada. Como si las palabras pesaran demasiado.
—Pero pensar en perderte... me vuelve loco.
Traga saliva antes de continuar.
—La idea de que alguien más te mirara... de que alguien pudiera darte algo que yo no... me destruía.
—Lo sé —le digo, queriendo aliviarlo ignorando mi jodido dolor —. Estabas drogado... eran las sustancias, tus demonios...
Carlos niega lentamente.
Se gira hacia mí y toma mis manos entre las suyas. Por alguna extraña razón sentí una extraña presión en mi pecho.
Sus ojos celestes son intensos.
Demasiado.
—No —dice con una honestidad brutal—. No fue la droga.
Mi pecho se oprime hasta dejarme sin aire, sus palabras, su confesión es tan brutal que... No se que pensar...
Respirá hondo.
—Lo hice porque quería ser el primero.
Sus palabras quedan suspendidas entre nosotros.
—Porque la sola idea de que tu pureza pudiera pertenecerle a otro me quemaba por dentro. Solo pensaba en marcarte... en hacerte mía para siempre.
Aprieta mis manos.
—Me dejé llevar por lo peor de mí... y te lastimé.
Lo miro.
—Por eso ¿tenias miedo de que recuerde?
La pregunta se me escapa antes de poder detenerla.
Sus ojos celestes se clavan en los míos.
—Tengo miedo de perderte, todos los jodidos días piendo eso.
La respuesta es inmediata.
Y con esto entendi cuánto depende él de mí... y cuánto depende mi vida de él.
Un nudo se formó en mi garganta.
La bestia confesando su pecado.
Pero mi corazón... ese corazón que él ayudó a reconstruir... todavía ve al chico que una vez me sostuvo cuando me caí bailando.
En este auto, rodeados del lujo que él levantó para nosotros, entiendo algo que nunca había querido nombrar.
Nuestra historia no es un romance.
Es un pacto.
Él me posee porque tiene miedo.
Y yo me dejo poseer... porque...fue mi mejor amigo, fue lo mejor que me paso cuando tenia 15 años.
Me acerco un poco más.
—Confía en mí, Carlos —susurro—. no hay nadie más que vos.
Apoyo la frente contra la suya.
—Solo nosotros.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
