Capitulo 47

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Narra Arabella

Living.

​El reloj de la sala marcó las 7:00 pm y el sonido del portón fue como el cierre de una celda. Me quedé de pie en el centro del living, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha. Benjamín estaba sentado en el sillón individual, con su reloj inteligente brillando en la oscuridad, observándome con una neutralidad que me dolía más que un insulto.

​Carlos entró. No traía flores, no traía una sonrisa. Traía su tablet en la mano.

​-Benjamín, mostrale a Bella lo que vimos hoy -ordenó Carlos con una voz que era puro hielo.

​El nene se levantó y, con una eficiencia aterradora, conectó su dispositivo a la pantalla gigante del living. Ahí estaba yo. En alta definición.

Hablando con Lucas. Se veía el momento en que él sonreía y yo no me alejaba de inmediato. La imagen se congeló justo cuando nuestras sombras parecían tocarse.

​-¿Te divertiste, Arabella? -preguntó Carlos, acercándose lentamente. Me tomó del mentón, obligándome a mirar mi propia "traición" en la pantalla-. ¿Tan poco vale mi cuidado que necesitás buscar la atención de cualquier desconocido en la calle?

​-Es solo un compañero, Carlos... solo fueron dos minutos -susurré, con las lágrimas quemándome los ojos.

​-Dos minutos son suficientes para perderlo todo. -Carlos miró a Benjamín-. ¿Qué aprendimos sobre los tesoros, campeón?

​-Que si no se cuidan, se pierden -respondió Benja con una voz mecánica, fría-. Y que si el tesoro no se deja cuidar, hay que moldearlo para que quede perfecto.

​Sentí un escalofrío. Mi nene, mi pequeño Benja, estaba citando las lecciones de Carlos como si fueran salmos.

​-Exacto -sentenció Carlos. Me soltó el rostro con un desprecio que me hizo tambalear-. Estás llena de impurezas, Bella. Necesitás limpiarte. Necesitás entender que todo lo que tenés, incluso el aire que respirás, viene de mí.

​Caminó hacia el comedor y retiró el plato que estaba servido para mí. Lo tiró a la basura sin pestañear.

​-Por las próximas tres semanas, no vas a probar bocado -dictó la sentencia-. Nada de comida sólida. Tu cuerpo está demasiado distraído con el mundo exterior. Solo vas a beber el jugo dulce que yo te prepare y agua. Vas a estar liviana, vacía, para que cuando te hable, mis palabras sean lo único que te llene.

​-Carlos, por favor... tengo que estudiar, rindo mañana... -supliqué, sintiendo ya una debilidad imaginaria en las piernas.

​-No vas a rendir -me cortó en seco-. Benja va a estar con vos todo el día. Él va a vigilar que no comas nada a escondidas. Si fallas, si Benja me avisa que probaste aunque sea un trozo de pan... El video de anoche se publica. Y sabés que no me tiembla el pulso.

​Miré a Benjamín, buscando una pizca de piedad, pero el niño solo asintió, asumiendo su cargo de carcelero con una seriedad devota.

​Dos semanas después.

​El hambre ya no es un rugido, es un dolor sordo y constante que me nubla la vista. Mis manos tiemblan cuando intento sostener un libro. Tomo la pastilla y solo he bebido ese jugo espeso y dulzón que Carlos me sirve cada noche antes de hacerme suya, un azúcar que me mantiene despierta pero sin fuerzas para luchar.

​Estoy tirada en el sofá, exhausta. Benjamín entra a la sala con un sándwich en la mano. El olor a pan tostado me tortura. Él me mira, mastica con calma y se sienta en el suelo, a mis pies.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora