Narrado por Bella
Todo es blanco.
Demasiado blanco.
No hay cielo, no hay suelo. Solo una niebla espesa y blanquecina que me corta la respiración.
Camino sin avanzar.
Corro sin moverme.
Grito, pero mi voz es tragada por la nada.
-¿Dónde estás, Bella? -pregunta una voz detrás de mí.
Esa voz.
No la quiero escuchar.
No otra vez.
Miro atrás. No hay nadie.
Pero siento su aliento helado en mi nuca.
Siento sus dedos, aunque no me toquen.
Siento su mirada... que arde como ácido.
Entonces el suelo aparece. Viejas baldosas sucias bajo mis pies desnudos.
Grietas, sangre seca, huellas arrastradas.
Estoy en la casa.
Pero no es la misma.
Las paredes lloran. Literalmente.
De ellas gotea un líquido rojo, espeso, caliente.
Mi nombre resuena en los pasillos, como un canto fúnebre:
Bella... Bella... Bella...
-Carlos... por favor... -susurro, aunque no sé si tengo boca. No sé si tengo cuerpo.
Un susurro detrás de mí:
-Siempre tan linda cuando tenés miedo...
Me doy vuelta.
Y lo veo.
Pero no es Carlos.
Es una versión torcida, rota, hecha de sombras.
Sus ojos no son azules. Son pozos sin fondo.
-¿Por qué me mirás como si yo fuera el monstruo? -me pregunta.
Se acerca.
Su cara cambia. Es Carlos... luego Max... luego un desconocido... luego yo.
-¡Pará! -grito. -¡Basta! ¡Salí de mi cabeza!
-¿De tu cabeza? -ríe-. Mi amor... yo soy tu cabeza.
Corro.
Corro por los pasillos que se alargan y retuercen como intestinos.
Puertas que se abren solas.
Manos que salen de las paredes.
Susurros que no paran.
No valés nada.
Él te amaba.
Lo provocaste.
Te lo merecías.
-¡NOOO! -rompo un espejo con los puños. Sangro. Ahora sí tengo cuerpo. Ahora sí duele.
Y ahí estoy. Reflejada.
Golpeada.
Desnuda.
Sucia.
Atada a una cama.
Y sobre mí... él.
Carlos.
Su rostro perfecto, sus ojos enfermos.
Sus manos que me acarician como quien rompe algo delicado solo por placer.
-Te amo tanto, Bella... que tengo que destruirte.
Intento gritar.
No puedo.
Me ahogo.
El aire no entra.
Me desespero.
Pataleo.
Rasguño.
Le muerdo.
Pero él ríe.
Ríe como un loco.
Duele.
Y entonces... llueve.
Gotas frías, interminables, cayendo dentro de la habitación como si no hubiera techo.
El sonido de la lluvia tapa mis gritos.
El mundo se vuelve lento.
Mis ojos se apagan.
Carlos se disuelve en el agua.
Y el silencio vuelve.
Pero ahora... tengo miedo del silencio.
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El olor a desinfectante es lo primero que golpea mis sentidos.
Luego, el pitido constante.
Beep... beep... beep...
Parpadeo.
Una luz blanca me ciega.
Mis párpados pesan.
Mis labios están partidos.
Tengo una aguja clavada en la mano.
Me cuesta respirar. Siento el pecho oprimido, como si alguien se hubiera sentado encima mío durante horas.
Intento moverme. Una punzada me recorre el costado.
Gimo.
No sé dónde estoy.
Solo sé que duele.
Todo duele.
Abro los ojos del todo, aunque cada músculo se queja.
La habitación es blanca. Muy blanca. Demasiado blanca.
Estoy conectada a máquinas. Mi brazo está vendado. Siento un ardor bajo la ropa hospitalaria.
Y entonces...
Lo veo.
Él.
Carlos.
Sentado al costado de mi cama, cabizbajo. Las manos entrelazadas.
Parecería roto.
Pero no me engaña.
Mi cuerpo reacciona antes que yo.
Los latidos se disparan.
Una alarma suena.
Una enfermera grita algo fuera de la habitación.
Él levanta la vista.
Nuestros ojos se encuentran.
Y mi alma se quiebra.
Su expresión es de culpa... pero no me importa.
No quiero su culpa.
No quiero nada de él.
El recuerdo me explota en la cabeza como un disparo:
Sus manos.
Su fuerza.
Mi miedo.
Mi garganta se cierra.
Las lágrimas brotan sin permiso.
Grito. Pero mi voz no suena como un grito. Es más bien un sollozo ahogado.
Como si me hubiera tragado a mí misma.
Intento sentarme. Arrancarme los cables.
La desesperación me ahoga más que el suero.
-¡No! ¡No! ¡No te acerques! -grito con voz ronca.
Carlos se pone de pie, rápido, con las palmas en alto.
-Bella, por favor... yo... no sé qué me pasó... yo... -su voz se quiebra.
Yo solo lo miro.
Como si estuviera viendo un cadáver hablar.
Como si ya no fuera él.
O como si yo hubiera muerto y él fuera un mal recuerdo.
-Vos... -digo, apretando los dientes-. Vos... ¡Te odio! ¡Lárgate!.
La enfermera entra, y con ella, otra figura: un médico.
Todo se vuelve confuso. Me revisan, me calman. Me inyectan algo.
Carlos se queda parado.
Lo último que veo antes de que todo se vuelva difuso es su rostro...
Ese rostro que solía ser hogar.
Me miran con culpa y yo con odio, respulsion, asco.
Se acerca.
Me toca.
No quiero.
No me toques.
No...
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El Peso De Mi Obsesión
Aktuelle LiteraturDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
