Narra Carlos
El restaurante está en silencio.
No un silencio cualquiera, sino uno comprado. Diseñado. Sostenido a fuerza de dinero y poder. Una burbuja de cristal donde nada entra si yo no lo permito.
Vaciarlo un martes por la noche costó una fortuna.
Pero verla a ella así… lo vale todo.
Bella está sentada frente a mí, bajo las luces tenues que caen desde las lámparas como si fueran hechas para iluminarla. Lleva el vestido azul que le elegí. No hubo discusión. Nunca la hay cuando hago bien las cosas.
Está sublime.
Incluso ahora.
Incluso con esa palidez que no puede disimular del todo. Incluso con las marcas que sé que esconde bajo la tela, huellas que solo yo conozco, que solo yo entiendo.
Su belleza no es suave.
Es hiriente.
Es de esas que obligan a mirar.
Y es mía.
Benjamín está a su lado, recto, correcto, con el traje a medida que mandé a hacer especialmente para él. Aprendió rápido. Me gusta eso. La pulcritud, el silencio, la forma en que observa… es un niño que entiende sin que haya que explicarle demasiado.
Los miro a los dos.
Ella lo abraza.
Le susurra algo.
Su voz cambia cuando habla con él. Se vuelve blanda, tibia, casi dulce.
Y algo en mí se acomoda.
Esa es la Bella que quiero.
La que cuida.
La que se inclina.
La que no discute.
Odio cuando se enfría. Cuando levanta esa distancia que me obliga a corregirla. A recordarle.
No debería ser necesario.
—Traigan todo.
No levanto la voz. No hace falta.
El mozo asiente rápido, casi sin mirarme. Sabe quién soy. Saben todos.
Quiero que lo tenga todo.
Que no le falte nada.
El menú desfila como una promesa: langosta, trufas, carnes que se cortan solas. Platos que no pertenecen a su mundo… pero que ahora le pertenecen a ella porque me pertenece a mí.
—Comé, ángel —le digo, sirviendo el vino—. Lo que quieras. Hoy no hay reglas.
La observo.
Siempre la observo.
Bella toma el primer bocado con cuidado, como si dudara. Después otro. Y otro. Hay algo contenido en su forma de comer, algo que intenta no romperse frente a mí.
Pero la conozco demasiado.
Sé lo que le hice.
Sé cómo su cuerpo ya no responde igual.
Benjamín, en cambio, disfruta. Sonríe apenas, se distrae, por un momento parece un chico normal.
Pero ella no.
Con cada bocado se apaga un poco más.
Lo veo en el color de su piel. En cómo sus dedos se tensan. En la forma en que traga, obligándose.
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El Peso De Mi Obsesión
Aktuelle LiteraturDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
