Narra Benjamín
El living está en penumbra. Solo el brillo azulado de la pecera y el puntito rojo de la cámara en el rincón, ese ojo que nunca parpadea, iluminan el rostro de Bella. Ella me tiene en sus brazos, meciéndome como cuando yo era más chico, aunque mis piernas ya cuelgan casi hasta el suelo y mi peso le hunda las costillas que Carlos le cuenta cada noche.
Ella llora. No es un llanto de ruido; es un llanto de agua que cae, constantemente. Siento la humedad de sus lágrimas aterrizar en mi coronilla, deslizándose por mi pelo como lluvia tibia.
Ella, Entonces, empieza a tararear. Es esa melodía del laberinto, un vaivén de notas graves que suben y bajan como una marea lenta. Siento la música antes de oírla; es una vibración seca en su pecho que me retumba en el oído, como si sus pulmones fueran una caja de madera vieja crujiendo.
Es un sonido circular, hipnótico. El aire sale de su nariz en hilos delgados, dibujando esa melodía que suena a piedra y a olvido. Es extraño, porque aunque la música es dulce, en su garganta suena a derrota. Cada vez que llega a la nota más alta, su pecho se contrae y el tarareo se vuelve un hilo quebradizo, a punto de romperse por el hambre, pero ella lo sostiene, obligando a la melodía a seguir flotando en la penumbra.
Esa música se mete por debajo de mi piel, mezclándose con el olor a jabón dulce que la caracteriza y el cansancio. Mientras me mece, el tarareo parece envolvernos en una burbuja donde el punto rojo de la cámara ya no nos alcanza. Es una nana que no promete un mañana, sino que solo intenta amortiguar el peso de los cerrojos que yo mismo ayudé a segurar...
Perdón, Bella. Te amo tanto que prefiero tenerte acá, que no tenerte más.
Cierro los ojos y el living de cristal desaparece. El frío del vidrio es reemplazado por el calor pegajoso y denso de aquel diciembre.
El Recuerdo
Recuerdo a Max. Mi hermano era un gigante ante mis ojos. Él era el que me traía alfajores fantoches cuando mamá se fue y el que me repetía que papá no iba a volver porque «los hombres de verdad no miran atrás» nunca deberia mirar atras, ni preguntar por el, mi padre es el pasado. Max era bueno conmigo. Me sacaba a la plaza, compartíamos mates en el cordón de la vereda mientras él me hablaba de ella con mucha emocion.
-Es distinta, Benja -me decía Max, con los ojos brillando de una forma que yo no entendía-. No es como las otras pibas del barrio. Ella es amable, se preocupa por nosotros de verdad, no como las otras, recorda que ninguna de las pibas que sali le agradaste.
-Si, porque ellas decian que era una carga. - Baje mi cabeza recordandolo, tal vez tenian razon, Max se pribabas de cosas por mi...
-No eres una carga sos mi hermanito, nunca pienses eso.
Asiento.
Yo lo veía feliz cuando estábamos con ella. Recuerdo las salidas, los juegos, la risa de Bella cuando yo le regalaba flores amarillas. Éramos los tres contra el mundo. Yo pensaba que así era el amor: mates, sol y Bella sonriendo.
Pero después llegó la sombra.
Recuerdo los gritos. Recuerdo que el amor de Max empezó a oler a miedo. Él decía que la amaba tanto que le dolía, y yo veía cómo esa luz de Bella se iba apagando cada vez que él la apretaba demasiado fuerte.
Recuerdo el día del cuchillo.
Yo no estaba dormido. Estaba bajo el poncho de Toy Story, con el cuerpo rígido, escuchando cómo el aire se escapaba de los pulmones de Bella mientras Max la arrastraba. El frío del piso del pasillo parecía subir por las paredes. Escuché los golpes. Escuché el llanto de Bella, ese que intentaba ahogar para no despertarme, pero que se le escapaba en súplicas rotas que me quemaban los oídos.
-Para, para... Max, por favor -decía ella.
La escuche y me levante.
Corrí. Me colgué del brazo de Max cuando la pateaba en el estómago, cuando sus puños impactaban en el rostro de ella hasta que la sangre empezó a manchar la alfombra.
-¡Max, dejá a Bella! ¡Dejala! -grité con toda la fuerza de mis pulmones de niño.
Lo abracé, tratando de frenar su brazo, tratando de ser el escudo que ella no tenía. Por un segundo paró. Me arrojé sobre ella, abrazándola, sintiendo su respiración entrecortada y el olor a hierro de la sangre que le salía de la boca. Pensé que lo había logrado. Pensé que mi hermano me escucharía.
Pero Max ya no estaba ahí.
Sentí el jalón. Max me apartó con una violencia que me hizo chocar contra el sillón y vi el brillo largo del metal. El cuchillo bajó con un golpe seco. El grito de Bella no fue un grito humano; fue un desgarro que me partió el alma. La sangre brotó de su pierna, empapando el piso, caliente y oscura.
-¡No! ¡Soltala! -supliqué de rodillas.
Entonces puso el metal frío en su cuello. Vi cómo el filo cortaba la piel de su garganta, vi el terror en los ojos de Bella, esos ojos aterrados..
El estruendo fue lo último que escuché de ese mundo.
La puerta voló. El disparo de la mamá de Bella retumbó en las paredes de concreto, un sonido tan fuerte que sentí que mis oídos sangraban. Vi a Max caer sobre ella, pesado, muerto. Vi sus ojos sin vida quedar a centímetros de los de Bella.
Me hice un ovillo. Me tapé los oídos con toda mi fuerza y cerré los ojos hasta que me dolieron los párpados. No quería ver más sangre. No quería ver a Carlos arrodillándose, rompiendo su ropa para tapar los agujeros en el cuerpo de Bella. No quería ver el alivio en la cara de ella al ver al hombre que, tiempo después, terminaría de romper lo que quedaba.
Presente.
Abro los párpados en el living de Carlos.
Ahora entiendo por qué lo elegí a él. Carlos llegó y detuvo el metal. Carlos nos dio paredes de vidrio donde nadie puede esconder un arma sin que el punto rojo lo detecte.
Apreto mi cara contra el estómago de Bella. Ella sigue llorando, meciéndome en un ritmo quebrado.
-Perdoname, Bella... -susurro tan bajito-. Perdoname por no dejarte ir.
Sé que ella sufre. Sé que Carlos la marca como Max nunca pudo, con una parsimonia que me hiela la sangre. Pero cada vez que veo la puerta cerrada, recuerdo el brillo de ese cuchillo. Prefiero que ella llore en esta cama de seda a que vuelva a sangrar en aquel suelo de cemento.
Prefiero que sea el objeto de Carlos, porque así, al menos, sigue respirando. Y mientras ella respire, yo todavía tengo a alguien que me quiso con todas sus fuerzas. Aunque ahora sea yo el que le cierra la jaula.
La abrazo más fuerte, aspirando su dolor. Soy el hermano de un monstruo y el hijo adoptivo de otro. Y ella es el único milagro que nos queda a los dos.
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¡Buenas! Espero que le guste esta novela o al menos que los atrapes.
Bueno, recuerden de votar y comentar.
¿Que tal? ¿Le gusta el personaje Benjamin?
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
