Narrado por Bella
Permanezco sentada en la tina. El agua tibia me llega hasta el pecho, impregnada de la fragancia dulce de ciruela y flor de vainilla.
El aroma es tan intenso que por un momento quiero creer que todo está bien.
Que no pasó nada.
Cierro los ojos.
Quisiera olvidar su tacto, borrar su existencia.
Quiero que se pudra en la miseria, que se arrepienta cada segundo de haberme tocado.
No quiero volver a verlo. Nunca más.
Respiro hondo, aunque cada bocanada me pesa.
Carlos quiere que esté bien. Lo sé.
Él ha hecho tanto...
Pero, ¿cómo podría estarlo?
Los recuerdos me asaltan todo el tiempo, vívidos, implacables.
Y sin embargo, sonrío cuando me miran.
Es mejor así. Fingir que estoy bien.
A veces, sólo a veces...
Quisiera desaparecer.
Pero mi madre, mi abuela... No puedo dejarlas solas. No podría hacerles eso.
Así que me obligo a salir de la tina, limpiando mis lágrimas con manos temblorosas.
Tomo la toalla, me seco despacio.
Después aplico la crema que Carlos me regaló.
Su aroma, dulce y reconfortante, envuelve mi piel.
Champú, acondicionador, jabón, perfume... Todo lo que uso es por él.
Todo, de Natura, de Elvive.
Todo... él.
Me acerco al ropero.
Lo único que encuentro es un pijama de seda.
Escotado, corto, demasiado ajustado a mi cuerpo.
Hermoso.
Justamente por eso no quiero ponérmelo.
Siento que no debería usar algo tan lindo.
Pero... ¿qué más puedo hacer? No hay otra ropa.
Me visto.
La tela acaricia mi piel con una suavidad casi humillante.
Seco mi cabello. Brilla más que nunca, suelto y sedoso.
Me siento... una carga.
Carlos ha hecho tanto.
Me ha dado todo.
Y yo... ni siquiera pude darle las gracias.
Cuando estoy a punto de acostarme, el celular vibra.
Un mensaje suyo:
"Bella, ven a buscarme, no me siento bien, no puedo ni pararme."
Mi corazón late con fuerza.
Sin pensarlo, agarro una chaqueta, unas zapatillas y algo de dinero.
El frío cala los huesos, pero no me importa.
Solo quiero llegar a él.
Solo quiero... que esté bien.
.
.
.
.
Tomo un taxi y le doy la dirección. Diez minutos después, estoy allí. No me importa nada: entro a la casa, aprovechando que el portón está abierto. Busco con la mirada a uno de los amigos de Carlos.
-¿Dónde está? -pregunto, cortante.
-Arriba -responde uno de ellos, con la misma mirada que me dio Alejandro. Cuando...me toco.
Que asco.
No digo nada más. Subo las escaleras de dos en dos, impulsada por una rabia que no sé de dónde saco. Al llegar, lo veo: Carlos está tirado en la cama, y a su lado, una mujer. La reconozco al instante: Ana.
-¡¿Qué mierda hacés?! -le grito, temblando de ira.
-Volá, que nosotros ya estamos arreglados -me escupe Ana con desprecio.
-Callate, boluda. ¿Qué mierda le estabas haciendo? -pregunto, desesperada, al ver a Carlos tirado sin reaccionar.
Me acerco a él, pero Ana me agarra del cabello y me tira al suelo. La rabia estalla dentro mío. La agarro también del pelo, le doy rodillazos en el estómago. La veo caer, débil. No pienso. La golpeo, grito, lloro. Todo el dolor y la impotencia que venía acumulando explotan en ese momento. No paro hasta que veo mis manos teñidas de sangre.
-¿Qué mierda estoy haciendo...? -murmuro, retrocediendo, horrorizada.
-Bella... -Carlos susurra mi nombre débilmente.
ESTÁS LEYENDO
El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
