El mes pasó volando.
Mi rutina se volvió constante: levantarme temprano, preparar el desayuno, ir a la escuela, trabajar en la casa de Carlos y regresar a la mía. Me acostumbré a verlo casi todos los días, a nuestras charlas y a la forma en que, sin darme cuenta, su compañía se había vuelto parte de mi vida.
A veces, después de la escuela, Carlos me pasaba a buscar para ir a su casa, donde trabajaba. A veces se quedaba estudiando en la cocina mientras yo cocinaba o limpiaba. Y, de vez en cuando, lo veía fruncir el ceño con frustración cuando algo de la facultad lo ponía de mal humor.
Era raro ver a alguien tan seguro de sí mismo tener esos momentos de debilidad. Pero, poco a poco, me fui acostumbrando a conocer ese lado de él.
Un día, mientras estábamos en su casa, Carlos me miró de arriba abajo y soltó:
—Che, ¿y si venís conmigo al gimnasio?
Lo miré sorprendida.
—¿Eh?
—Sí. Te va a hacer bien. Además, es desestresante.
Fruncí el ceño, algo insegura.
—No sé… Nunca fui a un gimnasio.
Carlos rodó los ojos y se cruzó de brazos.
—Por eso mismo. Siempre hay una primera vez. Además, yo te enseño.
Me mordí el labio, aún dudosa.
No era que no quisiera intentarlo, pero… sentía que no encajaría en un lugar así. Siempre veía el gimnasio como un sitio lleno de gente con cuerpos perfectos y con confianza de sobra. Y yo… bueno, yo no era así.
Carlos notó mi expresión y chasqueó la lengua.
—Dale, Bella. No me digas que te da vergüenza.
—Un poco —admití con honestidad.
Él sonrió de lado, con esa actitud confiada de siempre.
—Entonces más razón para ir. Te va a hacer bien. Además, yo voy a estar ahí.
Solté un suspiro, cruzándome de brazos.
Sabía que si seguía insistiendo, terminaría aceptando.
—Bueno… pero si hago el ridículo, es tu culpa.
Carlos rió, satisfecho.
—Vas a ver que te va a gustar.
Y así, sin darme cuenta, estaba a punto de dar otro paso fuera de mi zona de confort.
.
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Dos meses pasaron desde que comencé el gimnasio, y la diferencia en mí era evidente.
No solo me sentía más fuerte físicamente, sino que también mi confianza había crecido sin que me diera cuenta. Antes, evitaba el contacto visual con la gente y me encogía ante cualquier atención no deseada. Ahora, podía hablar sin tartamudear, hacer bromas y, lo más importante, sentirme bien conmigo misma.
Carlos también lo notó.
—Che, Bella… ¿qué te pasó? —dijo un día mientras caminábamos por la calle después del gimnasio.
—¿Eh? —lo miré, sin entender.
—Antes eras toda tímida, callada… y ahora te reís, hacés chistes… hasta hacés caras raras cuando te quejás.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
