Narra Carlos.
Desde afuera, mi vida parece de revista.
El hijo aplicado, el que nunca falta, el que sonríe en las fotos familiares, el que saca diez hasta dormido.
El que juega bien al fútbol y tiene la remera siempre planchada.
Pero si supieran lo que cargo en el pecho, saldrían corriendo.
Yo mismo a veces quiero hacerlo.
No sé si estoy cansado o directamente podrido.
Mis viejos creen que la vida es un currículum.
Que si sos el mejor en todo, entonces vas a ser feliz.
Spoiler: no funciona así.
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Tengo 19 años, pero me siento de cuarenta.
No sé qué es un abrazo de verdad.
Ni una charla sin juicio.
Lo único que aprendí a hacer es aguantar.
Y vengarme, si se da la oportunidad.
Como cuando mi ex me cagó.
Sí, con mi propio hermano.
Mi sangre.
Mi casa.
Mi cama.
Me enteré un domingo, cuando volví temprano de entrenar.
No los escuché.
Los vi.
Esa fue la última vez que confié.
En el colegio todos me saludan, pero nadie me ve.
Soy el pibe que conviene tener cerca.
Porque sirvo para abrir puertas.
Pero en cuanto doy la espalda, hablan.
Siempre hablan.
—Llamalo a Carlos, si no, Camila no viene.
—Qué embole, boludo.
—Aguantate, gil, que si no, no viene ninguna.
Los escuché en la entrada.
Y no dije nada.
Porque ya estoy acostumbrado.
Porque sé jugar este juego.
Y porque voy a ganar.
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A veces me da miedo lo que soy capaz de hacer si me provocan.
A veces me gusta.
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Ese día no fue igual que todos.
Volví a casa con el auricular izquierdo roto, la mochila cargada y la cabeza a punto de estallar.
Fui directo a la cocina, dejé las llaves sobre la mesa y abrí la heladera.
Y entonces...
La vi.
Su cabello negro suelto, su postura, timida.
Ni siquiera sabía que alguien venía.
El viento le revolvía el pelo, pero no se lo acomodaba.
Estaba estática. Como si no supiera si entrar o salir corriendo.
Y ahí fue cuando lo sentí.
Esa mierda que no te avisa. Que no podés controlar. Que te agarra del pecho y te aprieta como si te conociera de antes.
No sabía quién era.
No sabía que, desde ese instante, me iba a arruinar sin siquiera tocarme.
Si no la hubiera visto ese día...
Tal vez hoy no dolería tanto.
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El Peso De Mi Obsesión
Fiksi UmumDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
