Capitulo 4

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Preparaba mate para poder estudiar tranquilo y, de paso, matar el hambre. Mientras me movía por la cocina, trataba de organizar el resto del día. Mis viejos estaban de viaje por laburo y no volvían hasta la semana que viene, así que tenía la casa para mí.

El timbre sonó de repente.

¿Quién será? ¿Bella?

Corrí hacia la puerta sin pensar, mientras mi estomago se recolvia, y al abrir, el aire se me escapó del pecho. Bella estaba ahí, parada, hecha un desastre.

Tenía el uniforme del colegio todo embarrado, la cara llena de golpes, rasguños en las rodillas, un corte arriba de la ceja, y la sangre cayéndole del labio.

¿Qué mierda le pasó?

-Bella... -pronuncié su nombre apenas, conmocionado. El pecho me ardía, la rabia empezaba a hervir dentro mío.

Entró sin decir nada, cabizbaja, con los ojos llenos de lágrimas. Su cuerpo temblaba. Era como si se estuviera desmoronando frente a mí, completamente irreconocible.

-¿Quién te hizo esto? -grité, perdiendo el control, sintiendo que algo en mi cabeza se rompía.

Ella no respondió. Su silencio me hizo aún más daño.

-¡Decime quién fue! -volví a exigir, mi voz temblaba de rabia, y a la vez, de impotencia.

Sin pensarlo demasiado, le levanté la cara con mis manos, obligándola a mirarme. Sus ojos estaban inundados de lágrimas, llenos de miedo.

-¡Responde, Bella! -grité.

Los voy a matar.

Ella pegó un saltito del susto. Eso me frenó por un segundo, pero solo lo justo para escucharla.

-F-fueron... -sollozó, con la voz quebrada -Mis compañeras. Me llevaron a un salón y ahí estaba Alejandro... Quería lastimarme, Carlos. Tengo miedo.

Mientras hablaba, se sacó la campera, dejando a la vista los moretones y marcas de mordidas en su cuello. Sentí que algo dentro mio rompía. La sangre me hervía en las venas y no podía dejar de apretar los dientes.

-No sé cómo escapé. Saqué fuerzas de no sé dónde. Clavé un lápiz en su abdomen y salté desde el segundo piso... Pero si no lo hacía, no sé qué hubiera pasado... -su voz se quebró, y el llanto la dominó.

La rabia me consumía. Solo tenía una idea en la cabeza: encontrarlo y hacerlo pagar. Pero cuando hice amague de salir, Bella me agarró de la camisa con fuerza, rogándome.

-Por favor, no te vayas... Quédate conmigo. -Su voz era un susurro roto.

Y eso bastó para frenarme.

Me rendí. Todo mi odio y mi deseo de venganza quedaron enterrados en ese instante.

-Bella, lo siento... -dije, mientras caía de rodillas, abrazándola. Todo era mi culpa. Si no fuera por mi obsesión, si no fuera por lo cerca que la mantenía de mi vida, ella no estaría en este estado.

-Voy a hacer lo que quieras. No me voy a mover de tu lado.

La miré, toda lastimada, sucia, rota. Sentí cómo la culpa me carcomía desde adentro.

-Vamos al baño. -murmuré, decidido a borrar cada marca que ese hijo de puta le dejó.

Bella asintió despacio. La levanté en brazos como si fuera una niña pequeña. Era tan frágil. En mis brazos, parecía más liviana y lo que pesaba tonelad solo es su dolor.

Ella seguía llorando, todavía temblando.

Quiero matarlo.

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-Carlos, quiero un mate.

-Sí, ya lo hago.

Bella me sonríe. Esa sonrisa... Esa que siempre me desarma, aunque no debería. Me levanto, voy a la cocina y empiezo a preparar el mate. Ella se acomoda en la mesa como si nada. Tranquila. Serena.

Le alcanzo el mate. Toma en silencio mientras yo pico zanahorias y papas para la cena. Bella pone la mesa, sin quejarse, sin palabras de más. Cenamos tranquilos, con esa calma artificial que a veces aparece después de una tormenta. Pero el ambiente sigue espeso. Algo flota, algo invisible, algo que no se dice.

Terminamos de comer y subimos a mi habitación. Me cambio rápido, como siempre. Me acuesto en el piso. Bella se acomoda en la cama. Pero no se duerme. No del todo.

-Carlos, ¿estás despierto? -susurra.

-No. -bromeo, suave. Intento alivianar el aire, pero no funciona del todo.

-Dormí conmigo... Tengo miedo. Con Vos,  me siento protegida.

Me paraliza. Esa frase. Me pega justo donde más duele. Me llena el pecho de algo espeso. ¿Felicidad? ¿Dominio? ¿Pertenencia? No sé. No me importa...

¿Me gusta?

-Bueno, pero correte que no entro en tu cama. -le digo, fingiendo naturalidad.

Me levanto del piso, camino hasta su lado. Me acuesto boca arriba, rígido al principio. Bella no tarda nada: toma mi brazo, lo acomoda bajo su cuello y se pega a mí. Me abraza. Fuerte. Como si yo fuera lo único sólido en un mundo que se desmorona.

Le acaricio el pelo. Suave. Huele a miel tibia y a algo que no sé nombrar, pero que quiero hacer mío.

-Lo siento.
-¿Eh? ¿Por qué?
-Porque quise alejarme de vos... Porque por un momento, creí que todo era tu culpa.

-¿Mi culpa? -repito. La palabra me molesta. Me raspa.

-Eso fue lo que él me dijo. Que todo lo malo que me pasa es por tu culpa. Y por un segundo... le creí. Pero después me acordé de todo. De vos. Y supe que no era verdad. Nunca fue tu culpa lo que hacen los demás.

Sus palabras me rompen y me restauran al mismo tiempo. Que ella haya dudado me duele. Pero que vuelva a mí, que se aferre así... eso me enciende. Me confirma lo que ya sabía.

-Bella, no importa. Ya pasó. Estás conmigo ahora. Y eso es lo que importa.
Mis dedos siguen en su pelo.
-Escuchame bien: no salgas sin avisarme. Quiero saber todo lo que hacés. Todo.
Voy a poner cámaras en tu casa. Solo para estar seguros, ¿sí? Nadie más va a tocarte. Yo te voy a cuidar. Siempre.

Ella me mira. Sus ojos están empañados. Tristes. Cansados. Pero no discute.

Asiente.

-Sí. Está bien.

Me encanta.
Cada vez depende más de mí.
Ya está aprendiendo.

Bella será completamente mía.
Y esa idea... esa idea me fascina.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora