Narra Bella
Tal vez... tal vez su forma de amar está rota. O tal vez la culpa es mía por no saber corresponder a tanta entrega.
Solo me queda soportar.
Mamá me llama al celular, pero no atiendo. No puedo. Si escucho su voz, me voy a romper en mil pedazos y el llanto me delataría, y eso... eso traería problemas que no puedo manejar.
No puedo dejarlo.
¿De verdad lo amo?
Es una pregunta que me persigue en la oscuridad de la habitación. No siento lo mismo que él; su amor es un incendio que me consume, pero él hizo tanto por mí que la idea de irme me parece una traición.
La única manera de pagar mi deuda es quedarme a su lado, tal como él siempre quiso. Tal como me susurra al oído:
"Nunca te dejaré ir, te amo".
Sus celos duelen. A veces físicamente. Los moretones en mi piel tardan en borrarse, pero trato de esconderme, de que Benjamín no me vea así. No quiero que mi niño sepa cómo me trata Carlos cuando las puertas se cierran.
-¿Qué es esto? -preguntó él.
Sentí cómo se me erizaba la piel. Su voz tenía ese filo metálico que precede a la tormenta.
-¿De quién son estas flores?
-Son... son de... -las palabras se me trabaron en la garganta.
-¡¿De quién mierda son?! -rugió, y el miedo me dejó muda.
-Es del enfermero... -logré decir finalmente-. Ayer fue el Día del Amigo, Carlos. Solo fue un detalle.
Él estaba ahí, impecable, perfecto en su traje de la Empresa González. Frente a él, yo me sentía nada. Un desecho que él había recogido del suelo.
-¿Por qué las aceptaste? Se supone que soy tu novio, ¿no? Bella, no debiste aceptarlo. Me faltaste el respeto.
-Lo siento... -susurré, bajando la cabeza.
Tomó el ramo con violencia y lo lanzó al bote de basura como si fuera basura infectada. Luego, atrapó mi mano. Su agarre era una advertencia.
No, no, no.
Recordé la primera vez que vine a esta mansión. Él era el hombre perfecto, el salvador que el mundo me había enviado. Pero todo cambió cuando acepté quedarme aquí, renunciando a vivir con mi mamá y mi abuela. Me quedé por Benja. Me quedé por él.
Esa primera noche fue el inicio del fin. No pude comer del asco y la angustia, pero me repetía a mí misma que era normal. Es mi novio. Es lo que cualquier pareja hace: tener intimidad. Pero recordarlo ahora me cierra la garganta; el nudo del llanto contenido me quema.
-Carlos... Carlos, por favor... -supliqué.
-Callate. Benja nos va a escuchar si seguís quejándote -me espetó, su voz fría como el mármol.
-Por favor... -fue un susurro que se perdió en el aire.
De pronto, la niñera pasó por el pasillo. Me miró un segundo, pero sus ojos estaban vacíos, como si yo no existiera, como si fuera parte del mobiliario de la casa.
-Ya es de noche -le ordenó Carlos a la mujer sin soltarme-. Cerrá su habitación. No quiero que Benja salga esta noche.
Miré el piso, como siempre. Llegué a la habitación y me dejé caer. Pasar dos años en esta casa ha sido una tortura lenta. Pero tengo que aguantar. Tengo que hacerlo porque no tengo nada, porque no sirvo para nada sin él.
Las lágrimas empezaron a caer, calientes y amargas.
Sentí el tirón seco. Mi ropa se rompió con agresividad, con una desesperación que no tiene nada que ver con el cariño.
-Amor, despacio por favor... todavía me duele de la última vez -rogué, cerrando los ojos con fuerza.
Pero él no escuchó.
Los gritos empezaron a ahogarse contra la almohada. La lealtad se paga con lealtad, me decía a mí misma mientras sentía que mi libertad se terminaba de quebrar.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
