Capitulo 41

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Narra Bella

​18 años.

Me miro al espejo y me siento distinta. No fea, pero sí ajena. Mi cuerpo ha cambiado para adaptarse a la supervivencia: la cintura marcada, los huesos un poco más presentes, la suavidad de los quince años perdida en algún rincón del hospital.

La panza que tanto odiaba ya no está; a veces pienso que mi cuerpo simplemente se encogió para dejarle lugar a todo lo que cargo adentro.

​Paso los dedos por mi cuello. La cicatriz ya casi no duele, aunque tira como un recordatorio constante cuando giro la cabeza hacia el pasado. Carlos dice que soy fuerte. Acerco el espejo a mi cara y me pregunto: ¿Qué vio en mí? ¿Qué vio el ángel en este reflejo imperfecto?

​En las fotos que él me muestra estoy seria, pero siempre aferrada a su traje, como si supiera que fuera de su abrazo el mundo es un lugar donde te acuchillan por la espalda. Tal vez lo sabía.

​La música empieza a sonar. El piano llena la sala de ensayo y me acomodo en primera posición. El ballet me ordena el caos; cuando bailo, mis huesos se alinean.

​Bajo en un plié lento, sintiendo la tensión en los tendones. Subo. Respiro. Extiendo la pierna en un tendu... y entonces viene. El primer fragmento. Mi tía hablando de fondo.

Carlos está en casa”. La puerta abriéndose.

​Lo veo. Alto, seguro, hermoso de una forma que asusta un poco porque parece de otro mundo. Sus ojos claros no sonríen, pero me miran fijo, dándome un peso que nunca había sentido. Me latía el corazón tan fuerte que me dolía la garganta. Me gustaba desde antes de que pronunciara mi nombre.

​—Uno, dos, tres… —cuento para no perder el equilibrio. Intento un arabesque.

​Otro fragmento.

Yo pidiéndole ayuda con matemáticas. Muerta de vergüenza, sintiéndome tonta frente a su brillantez. Él mirándome serio. “Sí”, me dijo. Y después, con la voz suavizada como una caricia: “Podés confiar en mí”.

​Y yo confié. No fue manipulación; en ese momento fue puro alivio. Fue sentir que alguien capaz, inteligente e importante me elegía a mí, entre todas las chicas del mundo.

​El dolor en la cabeza aparece, un pinchazo detrás de los ojos, pero sigo bailando. Inicio una serie de pirouettes. El mundo gira, y con él, el recuerdo del trabajo.

La conversación en su casa. “Podrías ayudar acá… y tu mamá estaría más tranquila”. No lo dijo como una orden, lo dijo como una balsa para alguien que se estaba ahogando. Acepté porque quería estar cerca de su luz. La caja blanca. El pastel de chocolate. El orgullo en sus ojos. Yo abrazándolo con todas mis fuerzas, sintiendo que por fin era especial.

​Recuerdo los días en su casa. Él llegaba cansado de la facultad, cargando el mundo en sus hombros. Yo intentaba hacerlo reír, pinchándole los costados, haciéndole cosquillas para ver si ese hombre de mármol era humano.

​“Qué cargosa que sos”, decía entre risas. Y cuando me agarraba de las muñecas para frenarme… no sentía miedo. Sentía algo eléctrico, una chispa que me recorría la columna.

Me gustaba que me mirara así. Me gustaba ser suya antes de saber qué significaba ser de alguien.

​El recuerdo cambia de tono. No todo fue luz. Había momentos en que se ponía duro, distante, con una sombra de celos que me hacían bajar la vista. Pero él siempre estaba. Cuando desperté del coma, él era el rostro del mundo.

Cuando mamá no sabía cómo pagar las cuentas, él era la mano que firmaba. Cuando todo fue caos, él fue el orden.
​El dolor en la cabeza es insoportable ahora. La sala gira demasiado rápido. Los espejos se multiplican.

​Caigo. El impacto del suelo me saca el aire. Oscuridad.

​En la negrura no veo a un monstruo. Veo a ese chico de diecinueve años que simplemente me quiso demasiado. Que me quiso solo para él. Que hizo cosas por mí que nadie más se hubiera atrevido a hacer.

​Despierto en el suelo frío. La música sigue sonando, persistente.

​Recuerdo cómo empezó. No fue con terror. Fue con una admiración ciega. Fue con gratitud.

Fue con un amor que se sentía como una salvación. Y si hoy a veces me duele el cuerpo y el alma, tal vez sea porque amar a alguien así… nunca puede ser suave.

Es un incendio, y yo acepté quemarme.














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