Capitulo 46

352 29 5
                                        

​Narra Arabella

​Esa noche, bajo las sábanas de seda que huelen a él, el peso de su cuerpo sobre el mío no se siente como una carga. Se siente como una armadura. Si él me cubre, nada malo puede pasarme. Si él me aprieta, no hay forma de que me rompa otra vez.

​-Mirame, ángel -susurra Carlos, obligándome a sostenerle la mirada en la penumbra.

​Sus ojos celestes brillan con esa fijeza que antes me aterraba y que ahora me calma. Son los ojos de quien no piensa dejarme caer, pero tampoco dejarme ir.

Sus manos recorren mi espalda con una lentitud que me quema, deteniéndose en cada pequeña marca, en cada centímetro de piel que él considera su territorio sagrado.

​-¿Sos feliz acá? -me pregunta, y su voz tiene un filo de inseguridad que solo yo puedo ver.

​-Sí -respondo, y me sorprendo de lo mucho que lo creo-. Con vos no tengo miedo de nada, Carlos.

​Él sonríe y me besa con una urgencia que me deja sin aliento. Es una pasión hambrienta, casi desesperada. Cada vez que nos entregamos, siento que el pacto se sella un poco más. Ya no es solo piel; es una pertenencia que se filtra en mis huesos.

​A la mañana siguiente

​El chofer me espera en la puerta a las 7:30 am. Carlos ya se fue, pero su presencia se quedó grabada en el GPS de mi teléfono y en la pequeña cámara del espejo retrovisor del auto.

​-Buenos días, señorita Arabella -dice el hombre con una amabilidad mecánica.

​Me siento en el asiento de atrás. El viaje a la facultad se siente como un traslado de custodia. Miro por la ventana la ciudad que se mueve rápido, la gente que camina libre, que cruza calles sin avisar, que apaga sus teléfonos... y por un segundo, siento una punzada de algo que parece nostalgia. Pero la desecho enseguida. Ellos están expuestos, pienso. Yo estoy a salvo.

​Al llegar, Benjamín me manda un mensaje desde su reloj nuevo.
​Benja: "Vi que ya llegaste. Rendí bien, Bella. Carlos y yo te esperamos para cenar."

​Sonrío frente a la pantalla. Es tan parecido a él. A veces, cuando Benja me mira, siento que me está evaluando, buscando cualquier rastro de desobediencia, igual que lo hace Carlos. No me molesta. Me hace sentir importante. Me hace sentir que soy el centro de su mundo.

​El examen es difícil, pero mi mente vuelve constantemente a la casa. A la luz roja de las cámaras. Al calor de los brazos de Carlos. Al pacto.

​Cuando salgo de la facultad, un compañero, Lucas, se acerca a saludarme, tomamos mate en clase si le falta azucar le doy. Es amable, me pregunta cómo me fue. Hablamos apenas dos minutos bajo el sol de la tarde.

​-¿Querés ir a tomar algo para festejar que terminamos? -me propone con una sonrisa tranquila.

​Abro la boca para decir que no, pero mi celular vibra con una violencia inusual. Un mensaje de Carlos.

¿Que pasa?

No es texto. Es una foto.

​Es una captura de pantalla de la cámara de seguridad de la calle de la facultad. En la imagen aparecemos Lucas y yo. Él está cerca de mí, sonriendo.

​Carlos: "¿Quién es, Arabella? No me dijiste que ibas a hablar con extraños."
​El corazón me salta en el pecho. Lucas me mira confundido al ver cómo palidezco.

​-Me encantaría Lucas pero me tengo que ir porque mi hijo me está esperando -digo, casi sin voz.

​Camino rápido hacia el auto donde el chofer ya tiene la puerta abierta. Me subo y cierro con fuerza. Mis manos tiemblan mientras le escribo a Carlos.

​Arabella: "Es solo un compañero de clase, Carlos. No es nadie. Calmate, Ya estoy en el auto. Voy directo a casa."

​Pasan diez minutos de silencio absoluto. El chofer maneja más rápido de lo habitual. Finalmente, el celular vibra de nuevo.

​Carlos: "Bien ángel. Te estoy mirando. Será mejor que te prepares."

​Me hundo en el asiento de cuero, respirando con dificultad. El miedo y la fascinación se mezclan en mi garganta. Él me está mirando en tiempo real. Él movió los hilos para que yo viera que no hay distancia que lo separe de mí.

​Llego a casa y Benjamín me recibe en la puerta. Tiene esa expresión seria, adulta, que me parte el alma.

​-Carlos no está contento, Bella -me dice el niño mientras me quita los libros-. Papá está muy enojado mama.

​-Lo sé, mi niño. No va a volver a pasar.

- le digo sonriendo nerviosa, le doy un abrazo y un beso en la mejilla. - Te amo mi niño.

Me corresponde el abrazo, y me da un beso en mi frente.

​Subo a la habitación y me siento en la cama, frente a la cámara de la esquina. Me quedo ahí, quieta, esperando que él llegue a las siete.

Esperando que me perdone, que me abrace, que me recuerde que no necesito a nadie más en este mundo.

Me perdonará.

​¿Verdad?
















No se olviden de votar y comentar.

¡Disfruta querid@!

¡Chau!

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora