Narra Carlos
Apagué el motor y el silencio de la noche nos envolvió. Ya no había gritos, ya no había huidas. Solo nosotros, tal como ella prometió.
La ayudé a bajar del auto y entramos en la casa.
Esa noche la cuidé como si fuera de cristal. No hubo violencia, no hubo reclamos. Solo el roce de nuestras manos y la promesa implícita de que el "pasado"—el verdadero pasado, el que ella decidió olvidar— se quedaría encerrado bajo llave.
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Un Mes Después.
Narra Bella
El tiempo ha pasado como un suspiro dulce. Hoy el cielo está despejado y el aire de la tarde huele a césped recién cortado. Estoy en el jardín de la casa de mi mamá, sentada en el banco de madera donde solía estudiar cuando era chica.
A unos metros, Benjamín corre tras una pelota, riendo a carcajadas. Mi abuela lo mira desde la puerta, con una sonrisa tranquila, mientras mi mamá sale con una bandeja con jugo y galletitas.
—Qué alegría me da verte así, Bella —dice mi mamá, sentándose a mi lado—. Parece que finalmente encontraste la paz que tanto buscabas.
—Sí, má... —le respondo, sintiendo un alivio real en el pecho—. Carlos ha estado increíble este último mes. Trabajando mucho, pero siempre presente. Siento que... no sé, que finalmente estamos entendiendonos.
De pronto, mi celular vibra. Es él.
—Hola, mi vida —atiendo, y mi voz suena ligera, casi musical.
—Hola, mi ángel —la voz de Carlos llega desde la oficina, profunda y cálida—. ¿Cómo está todo por allá?
—Hermoso, Carlos. Benja está agotado de tanto correr y mamá nos hizo merendar afuera. El día está perfecto.
Escucho un silencio breve del otro lado, una pausa cargada de algo que no sé explicar, pero que se siente protector.
—Me hace bien que seas feliz, Bella. Todo lo que hago es para que nunca más tengas que preocuparte por nada. Sos lo más sagrado que tengo, ¿lo sabés?
—Lo sé, Carlos. Yo también te extraño.
—Te amo, Bella. Más de lo que las palabras pueden decir. Sos mía, y siempre te voy a cuidar de todo.
—Yo también te amo —le digo, y lo digo de verdad, con ese amor que rescaté de mis quince años y que ahora es lo único que quiero sentir.
Cuelgo y me quedo mirando a Benjamín. Por primera vez , puedo respirar hondo sin que me duela el pecho.
Carlos está ahí, cuidándonos desde lejos, y yo estoy aquí, rodeada de mi familia.
La tormenta pasó, y lo único que queda es este sol tibio y la seguridad de que, mientras estemos juntos, nada malo puede volver a pasar.
Narra Bella.
Carlos me besa con una pasión que me envuelve, sus manos recorren mis curvas con esa seguridad de quien conoce cada centímetro de su territorio.
Intento cerrar los ojos y dejarme llevar por el calor de la habitación, por el perfume caro que emana de su piel. Él es mi novio, el hombre que me rescató, el que mantiene a mi familia. Debería ser fácil.
Pero, a veces, el cuerpo tiene una memoria que la mente intenta silenciar.
De pronto, el tacto de sus manos me transporta a aquel día, hace dos años, cuando recién me daban el alta del hospital.
El aire se vuelve frío, pesado...
Recuerdo bajar del auto con las piernas todavía temblorosas. Carlos no me miraba a los ojos; estaba apurado, con una urgencia que me daba escalofríos. Sus dedos se enterraron en mi muñeca mientras me guiaba hacia la entrada.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que el corazón se me escapaba.
—Llevo meses esperando —gruñó él, con una voz que no reconocí—. Meses donde no pude tocarte ni hacerte mía.
—Yo... no sé si estoy lista para eso... —susurré, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.
—No digas nada, Bella. Solo dejate llevar.
El agarre me dolió. Entramos a la habitación y me tiró a la cama con una brutalidad que me dejó sin aire. Traté de explicarle que no me había bañado, que me sentía sucia, que el hospital todavía estaba pegado a mi piel, pero él no escuchaba.
Usó su corbata para atar mis muñecas al respaldo. Me sentí como un animal acorralado. El dolor cuando entró de golpe, sin preparación, solo con un poco de saliva, fue una puñalada. "Carlos, no sigas, no me gusta", le supliqué, pero él estaba en otro mundo.
En ese momento, mientras él me usaba, una voz se instaló en mi cabeza: "Debés aguantar. Él te salvó la vida. Pagó tus cirugías. Mantiene a tu madre. Sos una inútil si no podés darle esto. Lo merecés por haberle fallado antes".
Un gemido de Carlos me devuelve al presente.
Sacudo la cabeza levemente para espantar el fantasma. Carlos ahora me acaricia con una lentitud que pretende ser delicada. Sus ojos azules me buscan, esperando una reacción.
—¿Estás conmigo, ángel? —me pregunta, besando mi hombro.
—Sí... —susurro, forzando una sonrisa
—. Estoy acá.
Me obligo a relajar los músculos. Me digo a mí misma que esto es diferente, que ahora él me ama "bien". Me entrego a sus caricias, tratando de ahogar ese eco que me dice que sigo pagando una deuda. Me esfuerzo por ser la mujer sexy y entregada que él desea, porque si lo hago feliz, él seguirá siendo el hombre dulce que me cuida.
Carlos se posiciona sobre mí, y esta vez sus movimientos son rítmicos, estudiados. Me pierdo en la sensación, tratando de que el placer borre el recuerdo de la corbata y el dolor. Él me abraza con fuerza, enterrando su rostro en mi cuello mientras llegamos juntos al final.
—Sos perfecta, Bella —jadea, abrazándome contra su pecho sudoroso
—. Solo mía.
—Solo tuya —repito, como un mantra.
Me quedo dormida en sus brazos, convencida de que el precio que pago es justo.
Después de todo, ¿quién sería yo sin él?
Nada. Por eso, aunque el pasado a veces arañe por dentro, elijo este presente de seda y oro.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
