Capitulo 45

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Narra Arabella

La casa nueva es perfecta.

Demasiado.

Vidrio por todos lados, luz entrando como si quisiera mostrar cada rincón... como si no hubiera lugar para esconder nada. Carlos dice que es para estar tranquilos. Que ahora sí estamos protegidos.

Y yo le creo.

Porque cuando él dice algo, se siente como una verdad.

A las 6:30 la cafetera suena y no necesito mirar la hora. Carlos ya está despierto. Siempre lo está. Como si dormir fuera perder tiempo lejos de lo importante.
Lo encuentro en la cocina, impecable. Traje oscuro, postura recta, la atención clavada en la pantalla. Ni un detalle fuera de lugar.

Ni uno.

-Buen día, ángel.

Su voz cambia cuando me ve. Se vuelve más baja, más cálida. Más mía.
Su mano encuentra mi cintura sin buscarla, tirándome suavemente hacia él. No pregunta. Nunca pregunta. Me acomoda contra su cuerpo como si ese fuera mi lugar natural.

Lo es.

-Hoy terminan lo del portón -murmura cerca de mi pelo-. Ya nadie entra sin que yo lo autorice.

Asiento contra su pecho. Me gusta cómo suena eso. Me gusta saber que nada puede acercarse sin pasar por él.
El día pasa lento. Tranquilo. Seguro.
Las cámaras siguen cada movimiento, pero ya casi no las noto. Son parte de la casa. Parte de nosotros.

Como todo lo demás.

Mamá y la abuela vienen a almorzar. Hablan, miran alrededor, comentan cosas que no termino de escuchar.

Yo estoy acostumbrada.

Ellas no.

-Es demasiado control -dice mi abuela en voz baja.

Yo sonrío.

-Es cuidado.

Carlos siempre dice eso.

Y Carlos siempre tiene razón.

Más tarde salgo al jardín con unas sábanas. El aire me roza la piel, tibio, suave. Me quedo un segundo más de lo necesario.

Entonces el celular vibra.

"Abriste la puerta del fondo."

No hay saludo.

No hace falta.

"Activá la alarma si vas a quedarte afuera."

Después sí:"Te amo."

Levanto la vista despacio.

La cámara está ahí.

Siempre está.

Y una sonrisa se me escapa sin querer. Porque incluso desde lejos... él está conmigo. Pendiente. Mirando.
Cuidando.

A las siete en punto lo escucho llegar. Ese sonido me recorre el cuerpo antes de pensarlo.

Benjamín corre, riendo.

Yo lo espero.

Carlos entra y todo cambia. El aire, el ritmo, yo.

Me encuentra enseguida. Siempre lo hace.

Sus manos me recorren como si le perteneciera cada parte. Mi pelo, mi cara, mi espalda. Se detiene en mi cintura, apretando apenas más de lo necesario.

Como recordándome algo.

-Te extrañé.

Lo dice contra mi piel.

-Yo también.

Y es verdad. Siempre lo es.

Durante la cena no deja de mirarme. No importa lo que haga, lo que diga, lo que piense... lo siento ahí. Encima mío. Como una presencia constante.

-¿Cómo estuvo el estudio?

-Bien. Mañana rindo.

Silencio.

-No hace falta que vayas.

Lo dice tranquilo, como si fuera lo más lógico del mundo.

-Podemos traer a alguien acá.
Apoya los cubiertos con cuidado. Sin apuro. Sin ruido.

-Prefiero ir -digo bajito.
No es desafío.

Es... costumbre.

Él me mira.

Y en ese segundo, todo se queda quieto.

-Está bien.

Pero no suena igual.

-Te lleva el chofer. Te espera. Te trae.

Cada palabra cae en su lugar exacto.

-Y el GPS siempre activo.

Se inclina apenas hacia mí.

-No me gusta no saber dónde estás.

Su mano se cierra sobre la mía.
Firme.

-No me gusta nada.

Asiento.

Porque si a él no le gusta... entonces no debería pasar.

Después me acerco. Lo necesito cerca. Siempre lo necesito.

Apoyo la frente en su hombro y él me rodea al instante. Su abrazo es fuerte, cerrado. No deja espacio.

Nunca deja espacio.

Respiro su perfume, su calor, su presencia.

Todo.

-Te amo.

Sale solo.

Él inclina la cabeza, rozando mi oído.

-Lo sé.

Sus dedos se hunden un poco más en mi espalda.

-Porque sos mía.

No hay duda en su voz.

-Completamente mía.

Y algo en mí se calma.

Como si pertenecerle...

Fuera exactamente donde tengo que estar...

¿Verdad?





















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