Capitulo 53

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​Narra Bella

​La oscuridad no se va de golpe; se retira despacio, dejando una resaca pastosa que me quema la garganta. Lo primero que recupero es el dolor de cabeza, una pulsación brutal detrás de los ojos que me hace querer arrancarme el cráneo con las manos. Intento mover los dedos, pero me pesan. Estoy tirada en el suelo de la habitación azul. Sola. El frío de las baldosas se me pegó a la mejilla junto con un rastro de sangre ya seca.

​¿Qué hago? Tengo que levantarme. Mi niño... Benja.

​El recuerdo de Carlos cargándolo como un saco inerte me golpea el pecho, obligándome a incorporarme a pesar de los mareos que me revuelven el estómago. Me arrastro hacia la cama, apoyando las manos temblorosas en el colchón vacío. El silencio de la mansión es opresivo, denso. Tengo que salir de acá. Tengo que saber si mi hijo está respirando.

​El sonido de la puerta abriéndose me hace girar con torpeza. Es Carlos. Viene impecable, con el traje liso y esa parsimonia aterradora que usa cuando el mundo a su alrededor se está desmoronando. Me mira desde el umbral, sin rastro de la furia de anoche, solo con una calma clínica.

​-Cámbiate -ordena, dejando caer una muda de ropa limpia sobre la cama-. Nos vamos.

​Intento apurarme, pero mis piernas fallan; el cuerpo me tiembla por la resaca del sedante y el dolor de las costillas me corta la respiración. Al ver mi torpeza, él se acerca. No hay violencia en sus movimientos ahora, solo una tranquilidad que me da escalofríos. Se agacha frente a mí, toma mis pies fríos y, con una delicadeza extrema, me coloca las medias y los zapatos, atando los cordones con cuidado. Luego me ayuda a pasar los brazos por las mangas de una campera abrigada, cerrando el cierre hasta el cuello.

​-Carlos, por favor... Benja... ¿Cómo está mi hijo? -le suplico, apurándolo, buscando sus ojos celestes-. Decime que está bien, te lo ruego...

​-Prepárate -responde, ignorando mi pregunta mientras me acomoda el cuello de la campera-. Quiero que hagas algo por mí antes.

​Me saca de la casa del brazo, sosteniéndome para que no me caiga. El viaje en el auto es un calvario de silencio. Dejamos atrás las calles del pueblo y nos adentramos en la carretera provincial, esa ruta desierta flanqueada por árboles secos que conecta con la ciudad. El velocímetro sube, pero de repente, el auto disminuye la velocidad y se estaciona en la banquina, en medio de la nada. El motor se apaga. Solo queda el zumbido del viento contra los cristales.

​-Salí -dice Carlos.

​Mis piernas obedecen por puro instinto. El aire frío de la ruta me golpea la cara, espabilándome un poco el dolor de cabeza. Él camina hacia mí, me acorrala contra la chapa caliente del capó y toma mi rostro entre sus manos grandes. Sus dedos presionan mis mejillas, obligándome a mirarlo.

​-Te amo, Bella -suelta, y su voz vibra con una fijeza oscura-. Pero... sé perfectamente que vos no me amás. Todo lo que hacés es para escapar de mí.

​Las lágrimas me nublan la vista, calientes, rápidas. Estoy tan cansada. Cansada de pelear, de huir, de que cada intento de salvar a los míos termine en un castigo peor. Miro sus facciones y, por encima de la bestia que me arrastró al abismo, mi mente rota ve al chico genial de la adolescencia. Al amigo que admiraba, al que creí que me protegería del mundo. Lo amo, de una forma enferma y destructiva, pero lo amo.

​-Sí... sí te amo, Carlos -le digo, y mi voz es un graznido roto por el llanto-. Pero tu forma de amar duele. Prometiste no volver a lastimarme... rompiste la promesa. Yo siempre te amé. Ya no sé qué más hacer para que te des cuenta de que es verdad. Aguanté todo por amor... por mi familia, por Benja. Por vos.

​Carlos se queda mirándome, la mandíbula tensa, buscando una mentira en mis ojos.

​-Entonces demuéstramelo. Pruebamelo -sisea.

​Mete la mano en el bolsillo de su abrigo y saca un frasco pequeño de vidrio oscuro. Tiene un líquido espeso adentro. Lo sostiene entre nosotros como una sentencia de muerte.

​-Tómalo. Muere en mis brazos y entonces te voy a creer.

​Miro el frasco. El cristal brilla bajo la luz pálida del día de la carretera. Siento una duda atroz que me paraliza el corazón por un segundo, pero la idea se extiende rápido por mi cerebro: ¿Qué tengo que perder? Literalmente todo ya está destruido. Mi hijo está al borde de la muerte por mi culpa, mi cuerpo está marcado por él, mi mente no puede más. ¿Puede haber algo peor que seguir viviendo en esta jaula, esperando el próximo golpe, la próxima humillación? Esto es una salida. Una jodida salida limpia. Tal vez, si lo hago, por una maldita vez en su vida él va a creer que mi amor era real.

​Estiro mis manos temblorosas y tomo el frasco. El vidrio está helado, liso, pesado. Sentir el peso de mi propia muerte en la palma de la mano es una sensación brutal, un frío que me sube por las muñecas y me apaga el miedo.

​Lo miro a los ojos. Lloro, rota por completo, y me inclino hacia él para besarlo. Lo beso con desesperación, con un sentimiento profundo que me desgarra el pecho, despidiéndome no del monstruo, sino del recuerdo del único hombre al que quise entregarle mi vida. El beso es largo, perfecto, lleno del dolor de todo lo que pudimos ser y no fuimos.

​Cuando me separo, destapo el frasco con un movimiento firme. Mi mano ya no tiembla.

​-No lastimes a mi familia -le ruego en un susurro, mirándolo fijamente-. Deja a Benja con mi madre, por favor. Es lo único que te pido.

​Carlos me mira con una sorpresa genuina, abriendo los ojos, como si no hubiera creído que sería capaz de llegar hasta el final. No le doy tiempo a reaccionar. Me llevo el vidrio a los labios y tomo el líquido de un solo trago. Tiene un gusto amargo, metálico, que me quema la garganta de inmediato.

​El frasco vacío cae sobre la tierra de la banquina.

​Casi al instante, siento cómo una parálisis pesada empieza a treparme por las piernas. Las fuerzas se me escapan del cuerpo como agua entre los dedos. Mis rodillas ceden y caigo hacia adelante, pero no toco el suelo; los brazos de Carlos me atajan, sosteniéndome contra su pecho con una fuerza brutal.

​-Te amo, Carlos... -logro pronunciar, mientras mi voz se apaga y el dolor de cabeza empieza a desaparecer en una neblina pacífica.

​Él solo me abraza, apretándome contra su abrigo, respirando agitado contra mi pelo. Cierro los ojos. El mundo se vuelve negro, silencioso y extrañamente ligero, mientras pierdo la conciencia por completo en medio de la carretera desierta.


















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Me motivan mucho ademas.

Bueno nuevamente estare publicando capitulos, pero por estos meses nop depende de mis tiempos libres.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora