Narra Carlos
Dos dias despues....
La habitación era demasiado blanca.
Demasiado limpia.
Demasiado tranquila.
Como si el mundo quisiera fingir que nada malo había pasado.
Pero yo no podía fingir.
No cuando ella estaba ahí, acostada en esa cama, con la piel pálida y la mirada perdida… como si el destino le hubiera arrancado una parte de sí misma para que pudiera seguir respirando.
Bella.
Mi Bella.
La palabra se me repetía en la cabeza como una oración.
Como una maldición.
Como algo que no se puede soltar aunque te queme la garganta.
La madre de Bella estaba en un rincón con un café caliente entre las manos. Lo había mandado a comprar yo.
No porque fuera un gesto noble… sino porque necesitaba que ella me mirara así.
Con esa gratitud blanda.
Con esa fe fácil.
La fe de quien quiere creer en alguien, porque creer es menos doloroso que dudar.
—Carlos, querido… —murmuró, con la voz quebrada—. Los médicos dicen que Bella está mucho mejor. No sé qué haríamos sin vos.
Yo sonreí.
La sonrisa perfecta.
La sonrisa del hombre que no existe.
—No tiene que agradecerme, señora. Bella es lo más importante para mí.
Lo dije suave, cálido.
Casi como un hijo.
Casi como un santo.
Pero por dentro…
Por dentro me sentí enfermo.
Porque no era amor lo que me atravesaba cuando la miraba.
Era algo más oscuro.
Algo que se arrastra por la sangre.
Algo que no pide permiso.
Algo que no sabe ser bueno.
En la cama, la abuela de Bella le sostenía la mano.
Esa mujer tenía ojos viejos. Ojos que no se dejan engañar tan fácil. A veces me miraba como si yo fuera una sombra mal puesta en la pared. Como si algo no le cerrara.
Y eso me irritaba.
No porque me diera miedo.
Sino porque me obligaba a recordar que la gente todavía podía sospechar.
Me acerqué y dejé una bolsa pequeña sobre la mesa de luz.
—Le traje sus medicamentos, abuela —dije—. Los que el seguro no cubría. Ya están pagos por los próximos tres meses.
La anciana me apretó la mano.
Su gratitud me cayó encima como una manta pesada.
Y yo… yo lo sentí como una victoria.
Compré su tranquilidad.
Compré su silencio.
Compré su “Carlos es bueno”.
Me compré el derecho de estar acá.
Pero el verdadero problema… nunca fueron ellas.
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El Peso De Mi Obsesión
Fiction GénéraleDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
