Capitulo 19

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Narra Carlos.

El teléfono temblaba en mi mano, y mi voz salía seca, casi robótica, mientras hablaba con Fernández. Caminaba de un lado al otro en la sala del hospital, mirando de reojo la cama donde ella estaba. Cada palabra que decía era un esfuerzo para no quebrarme.

-Sí, sacala de ahi lo mas pronto posible...

-Entendido, Carlos. ¿Y la abuela? Los médicos dicen que está estable, pero hay que seguir monitoreándola.

Tragué saliva. La abuela de Bella... estaba sufriendo por culpa de todo esto, tuvo un ataqué al corazón.

-Hacé que tenga todo lo que necesite. No quiero que le falte nada, ¿me escuchás? Quiero que esté bien para cuando Bella despierte.

-Listo. Me encargo de eso. ¿Algo más?

-No... por ahora no. -Mi voz salió rota.

Corté la llamada, y el silencio que me rodeó después fue peor que cualquier ruido. Guardé el teléfono en el bolsillo, pero mis manos temblaban. Me giré hacia la cama. Mis pies parecían de plomo mientras me acercaba.

Ahí estaba ella. Mi Bella. Mi amor. Mi vida.

Su cuerpo, tan frágil, apenas ocupaba la mitad de la cama. Tenía el cuello vendado, su rostro lastimado con marcas que jamás deberían estar ahí. Los labios, que siempre estaban cálidos y suaves, ahora resecos y partidos. Su piel, antes tan luminosa, estaba cubierta de moretones que me daban ganas de romper todo a mi alrededor.

Me senté al borde de la cama, temblando, y tomé su mano con fuerza, como si fuera lo único que me mantenía de pie. Sus dedos estaban helados, y eso me dolía más que cualquier cosa.

-Bella... por favor. Por favor, despertate. - Mi voz salió como un susurro, pero cargada de un dolor que ni yo mismo podía controlar.

Estaba hecho mierda. Sentía un vacío en el pecho que me consumía, y solo verla ahí, inmóvil, lo empeoraba.

-Perdóname... -dije, con la voz quebrada. -Yo tenía que cuidarte, tenía que protegerte, y mirá dónde estás ahora. Esto no tendría que haberte pasado. No debiste alejarte de mí.

La miré fijamente, buscando en su rostro alguna señal, un movimiento, algo que me dijera que todavía estaba ahí, conmigo. Pero nada. Solo el sonido constante de las máquinas llenaba la habitación.

-Vos sos todo para mí, ¿sabés? Todo. Si te perdés, yo me pierdo con vos. No puedo seguir sin vos, Bella. -Las lágrimas empezaron a caer sin permiso. No me importaba, ya no podía retenerlas.

Incliné mi cabeza hasta que mis labios rozaron su mano. Esa mano que siempre estaba cálida, ahora estaba fría, quieta.

-Te amo, Bella. Te amo como nunca imaginé que podría amar a alguien. Por favor... despertate. Dame una señal. Lo que sea. -Mi voz se quebró por completo.

Me incliné hacia ella, apoyando mi frente en su brazo, como si eso pudiera acercarme más. Sentí cómo mi respiración se hacía pesada, cómo el nudo en mi garganta no me dejaba ni hablar.

-Te juro que voy a arreglar todo esto. Que nadie más te va a tocar, que nadie más te va a lastimar. Incluso yo, Pero tenés que quedarte conmigo. Por favor, Bella... no me dejés.

Mis dedos apretaron los suyos con más fuerza, como si temiera que al soltarla desapareciera para siempre. Ella era mi mundo, y no podía permitirme perderla. No ahora, no nunca.

La Máquina que monitoreaba su corazón marcaba un ritmo estable, pero el mío era un caos.

-Bella... -susurré, con la voz rota.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora