Capitulo 36

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Narra Carlos

Pasaron cuatro meses.

En el hospital el tiempo no avanza: se desgasta. Se mide en el sonido del suero cayendo, en la luz blanca que nunca cambia, en el modo en que una herida aprende a no doler... aunque nunca deja de estar.

La cicatriz de Bella es ahora una línea pálida en su cuello.
Antes era roja, furiosa, casi obscena. Hoy es discreta, frágil. A veces la roza sin darse cuenta, con los dedos distraídos, como si tocara algo que debería recordar pero no puede nombrar.

Yo sí lo recuerdo todo.

Pero lo que más me sacudió no fue la cicatriz.

Fue su voz.

Al principio hablar le costaba. Cada palabra parecía lastimarle la garganta. Susurros. Silencios. Respiraciones largas antes de animarse a decir una frase completa.

Después, casi sin avisar, su voz volvió a ocupar el espacio. Y con ella... volvió esa versión de Bella que yo había conocido antes del desastre.

-Carlos, si seguís mirándome así voy a pensar que me querés cobrar el alquiler del cuarto -dijo hoy, peleándose con el peine frente al espejo, frunciendo la nariz como una nena cuando se le enredó el pelo.

Me quedé quieto.
Porque se estaba riendo.

No una sonrisa tímida.

No una risa educada.

Una risa real. Tonta. Espontánea.
Una de esas pavadas que decía cuando todavía no tenía miedo de mí.

Verla así me salva y me destruye en el mismo movimiento.
Porque su risa me devuelve lo que amé... y me recuerda exactamente cuándo lo maté.

Recuerdo la diferencia.
Recuerdo el momento exacto en que su cuerpo dejó de relajarse conmigo. Cuando empezó a tensarse apenas me acercaba. Cuando sus hombros se endurecían aunque intentara disimular.
Recuerdo cómo su alegría se fue apagando de a poco.

Yo hice eso.

Y ahora, la amnesia hizo el milagro que no merezco: borró al monstruo.
Ella no ve al hombre que la lastimó. Ve al que estuvo. Al que la sostuvo. Al que no se fue cuando todo era sangre y tubos.

Una noche, poco antes del alta, el hospital quedó en ese silencio pesado que te obliga a decir la verdad o a romperte solo.

Bella estaba sentada en la cama. Me miraba con una gratitud que me quemaba por dentro.

-¿Por qué me cuidás tanto, Carlos? -preguntó-. Nadie hace esto sin esperar algo.

Ahí fue cuando el miedo me cerró el pecho.
El miedo verdadero. El miedo animal. El miedo a que un día despierte completa... y me vea.

-Tengo miedo de que te vayas -dije. Y mi voz salió mal. Chica. Desarmada-. La gente siempre se va.

Me acerqué.
Más de lo que debía.

Y hablé.

Le hablé de mi madre. De cómo me dejó en ese campamento. Dos años. Dos años mirando el camino esperando que apareciera. Dos años convencido de que yo era el error.
De que si hubiera sido mejor, se habría quedado.

Bella no me interrumpió.
Me escuchó con esos ojos grandes, llenándose de lágrimas que no eran de miedo.

Eran por mí.

Tomó mis manos. Estaban tibias. Firmes. Vivas.

-Carlos, mírame -dijo.

Levanté la vista.

-No olvido lo que hiciste por mí. Estuviste cuando nadie más estuvo. Me salvaste.

Llevó mi mano a su mejilla. Después, al cuello. A la cicatriz.

-Te lo juro acá -continuó, con una convicción que me dio escalofríos-. Voy a estar con vos en las buenas y en las malas. Pase lo que pase. No importa qué tan difícil sea. No te voy a dejar nunca.

Sentí vértigo.

Ella me prometía quedarse sin conocer la verdad completa.
Me juraba lealtad sin saber de dónde venía su miedo.

La abracé con una fuerza que casi me asustó. Escondí la cara en su hombro para que no viera que estaba temblando.

Ella se sentía en deuda conmigo.
Me veía como su salvador.

Y yo... yo iba a cuidar esa versión de la realidad con todo lo que tuviera.
Porque perderla otra vez sería peor que cualquier castigo.

-Gracias, Bella -susurré contra su piel.

Sos mía. Por fin, sos mía de nuevo.

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¡Volvi gente! Estoy recuperando la motivacion. A si que el voy a seguir publicando más capitulo pronto.

Ademas, voten y comenten, me motivas aun más.

Si le gusto, si hay errores de ortografia o algo más.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora