Narra Carlos
El sonido de sus uñas arañando la madera de la puerta del baño es el único ritmo que llena mi habitación. Es un sonido desesperado, rítmico, que se clava en mis oídos como agujas.
—Déjame salir, por favor... por favor... —su voz llega filtrada, cargada de una humedad que me dice que ha estado llorando durante horas—. Carlos, por favor... hace mucho frío.
Me quedo sentado en el borde de la cama, mirando la puerta cerrada. No respondo.
El silencio es mi mejor arma; quiero que el vacío la devore, que el frío del mármol le enseñe que fuera de mi calor no existe nada más que el abandono. Se quedará ahí hasta que su orgullo se rompa, hasta que entienda que ese beso con Max le costó su humanidad.
Un día después.
El llanto ya no es un grito, es un lamento animal, constante y monótono. Bella sigue rogando, pero su voz apenas tiene fuerza.
—Está oscuro... y hace frío... Por favor... Dejame salir.
Ayer no probó bocado, y hoy el hambre será su única compañía. Sigue desnuda en la penumbra del baño, sin más abrigo que su propia piel amoratada.
De pronto, una imagen me asalta: ella, temblando de frío, ofreciéndome su vulnerabilidad total. El deseo me golpea con la fuerza de un rayo. Siento una erección dolorosa, inmediata.
Ya es tarde. Tengo que volver a marcarla.
Abro la puerta. El olor a encierro y a miedo me golpea. Bella está tirada en un rincón, hecha un ovillo sobre el suelo blanco.
Al verme, sus ojos se agrandan por el terror, pero no tiene fuerzas para huir. Su cuerpo está cubierto de manchas púrpuras y amarillas, un mapa de mi rabia grabado en su carne. A pesar de la sangre seca y el sudor frío, su belleza me atrae de una forma enferma.
Sin mediar palabra, la sujeto de las caderas, le abro las piernas con brusquedad y entro en ella. Su piel está helada, como la de un cadáver.
—¡Ah! No... no... —gime, y sus lágrimas vuelven a brotar, calientes, sobre sus mejillas gélidas.
Aprieta los puños contra el suelo, mordiéndose el labio inferior hasta que vuelve a brotar sangre. Su cuerpo tiene espasmos de frío y dolor. Me hundo en ella, buscando su calor interno, ignorando que la estoy rompiendo. Beso sus labios, succionándolos con una sed que no se apaga, saboreando el hierro de su herida.
Sé que la estoy lastimando. Sé que este acto es una ejecución moral. Pero ella besó a otro, y ese pecado solo se lava con este dolor.
Le cruzo la cara con una bofetada tan potente que mi propia mano arde por el impacto. Bella escupe un hilo de saliva y sangre, y sus ojos se ponen en blanco por un segundo. Está perdiendo la noción del tiempo, de quién es, de dónde está. Y eso es exactamente lo que quiero.
Tres horas después.
El cansancio empieza a ganarme, pero la sensación de poseerla en su estado más ruin es adictiva. La abrazo; nuestros cuerpos sudan a pesar del frío del baño. Sus jadeos son débiles, rítmicos.
—¿Me amás? —le pregunto al oído, con la respiración entrecortada.
Ella me mira. Su ojo derecho está completamente cerrado, hinchado y negro. Su mandíbula tiembla de forma incontrolable. El terror en su mirada es tan puro que, por un instante, un destello de piedad me atraviesa el pecho.
—Sí... —susurra. Su voz suena como cristal roto.
Una felicidad tóxica me inunda. Gané. Sonrío y la cargo en brazos como si fuera una princesa rescatada de una torre, ignorando que yo soy el dragón que la quemó. La llevo a la cama con una delicadeza hipócrita.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
