Salí del baño con el cuerpo aún tibio por el agua caliente. El aroma de la crema de vainilla se mezclaba con el vapor en el aire mientras me secaba el cabello con una toalla. Me sentía relajada, con ganas de tirarme en la cama y no hacer nada en mi día libre.
Pero cuando agarré el celular y vi la pantalla encendida, mi estómago se hundió.
60 llamadas perdidas. 90 mensajes.
El nombre de Carlos brillaba en la pantalla.
El pecho se me apretó. ¿Había pasado algo? ¿Estaba en problemas?
Con el corazón latiéndome rápido, apreté el botón de llamada y me lo llevé al oído.
—¿Carlos? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Del otro lado, su voz sonó tranquila.
—Sí, estoy bien.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces? ¿Por qué me llamaste tantas veces?
Hubo un silencio corto antes de que hablara, con un tono más bajo.
—Pensé que estabas enojada conmigo.
—¿Eh? ¿Por qué?
—No me respondiste anoche cuando te invité a salir.
Abrí la boca, pero no supe qué decir.
No lo había visto. Me había dormido temprano después de un día agotador en el trabajo.
—Carlos, no lo vi… —Me pasé una mano por la cara, sintiéndome extraña—. Che, ¿querés venir a ayudarme a comprar en la feria del tanque? Creo que necesitas respirar un poco.
Hubo un silencio y luego su voz sonó más animada.
—Sí, dale. Voy para allá.
En menos de media hora, el rugido de un auto de lujo resonó en mi cuadra.
Carlos bajó del auto con una sonrisa despreocupada, como si nada hubiera pasado hace un rato. Pero yo todavía sentía el nudo en el estómago por los 60 llamados.
Sacudí la cabeza y me obligué a sonreír.
—Mamá, abuela, él es Carlos —dije, señalándolo.
Mi abuela Lorena, que estaba sentada en una silla de plástico en la puerta, lo miró con interés.
—Mirá vos, qué buen mozo —comentó, acomodándose la chalina.
Mi mamá, Victoria, le dio la mano con amabilidad.
—Un gusto, Carlos. Bella nos contó que son amigos.
—El gusto es mío —respondió él con una sonrisa educada.
No sé por qué, pero sentí que me observaba demasiado, como si analizara cada movimiento mío.
—Bueno, vamos antes de que se haga tarde —dije, tratando de cambiar el ambiente raro que se había formado.
La feria estaba llena de gente. Los gritos de los vendedores se mezclaban con el aroma a pan recién horneado y frutas frescas.
Caminamos entre los puestos mientras compraba lo que necesitaba: verduras, arroz, fideos, champú, jabón y cosas para la limpieza. Carlos me ayudaba a cargar las bolsas sin quejarse, aunque cada tanto lo veía fruncir el ceño cuando alguien pasaba demasiado cerca de mí.
ESTÁS LEYENDO
El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
