Capitulo 42

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​Narra Bella

​Sí, me salvó. Esa es la verdad que quema más que cualquier herida, la que se instala en mis pulmones y me impide gritar.

​Dicen que una persona que ama de verdad está dispuesta a todo, incluso a incinerar su propia dignidad en el altar de la gratitud. Yo entregaría mi aliento, mi nombre y cada gramo de mi libertad por él. Porque, ¿quién sería yo si Carlos no me hubiera recogido del suelo?.

​¿Lo amo?

La pregunta ya no es un misterio; es una sentencia.

​Fue algo tan hermoso y tan destructivo a la vez.

Recuerdo perfectamente la sensación de asfixia que sentía a los quince años: ese miedo constante a que él se aburriera de mí, a que apagara su luz y me dejara a oscuras. Estaba dispuesta a ser solo su sombra, su amiga, cualquier cosa con tal de que no me soltara.

Porque yo no sé amar poco; yo lo entrego todo hasta quedarme vacía, hasta que sea perfecta para él, para que no me abandone.

​Soportaba sus celos como si fueran medallas de honor. Me gustaba que me siguiera, que me llamara con esa urgencia desesperada solo para comprobar que mis pulmones seguían compartiendo su mismo aire.

Incluso aquel día, cuando aparecio cuando estabamos cenando en un restaruante con mi madre y mi abuela, y él surgió de la nada. No pregunte del porque estaba ahi, ni como sabia que yo estaba cenando con mi madre y abuela, solo me preocupe de que se sintiera solo.

Lo invité porque era mi mejor amigo, mi único amigo; un ángel sublime que me hacía sentir que yo valía algo. Quería aguantar cualquier cosa por él: sus demonios, sus impuldos... incluso sus abusos.

​Porque ahora recordé el quiebre. Recordé el preciso instante en que el ángel se transformó en bestia.

La sensacion de miedo, el dolor, el olor, su peso, su rostro.

¡Mierda! Lo recuerdo tan bien, que duele.

Duele mucho.

​El celular vibra. Un mensaje estúpido de un chico del gimnasio: "Me gustás, Bella, sé mi novia".

​Siento que la sangre se me drena hacia los pies. Carlos está ahí, acechando sobre mi hombro, respirando mi miedo. Veo la mutación en su rostro; sus ojos, antes claros como el cristal, se inyectan de una furia que no conoce la razón. Me arranca el teléfono con una violencia que me deja el alma temblando.

​—¿Quién carajo es este? —ruge, y su voz no es humana.

​—¡Carlos, calmate! No sé quién es —le imploro, pero le hablo a una pared de mármol y rabia.

​—¿Pensás que voy a dejar que otro te toque? ¡Sos mía! —grita. De pronto, su mano vuela. El impacto es un estallido de fuego en mi mejilla.

​Caigo sobre la alfombra, mi cabello cubriéndome la cara mientras el corazón me galopa en la garganta. Me duele el golpe físico, pero el desgarro real es que haya sido él. El mismo que sostuvo mi mano en el hospital. ¿Cómo puede ser el mismo? Sé que las drogas le nublan la mente, sé que está perdido en su propio infierno, pero el dolor es real. Y en medio de la humillación, me invade la duda más cruel: ¿De verdad me quiere? ¿Podría yo tener un lugar en su vida?

​Me incorporo con esfuerzo. Él me mira con una rabia que todavía chispea, pero ya no veo al salvador; veo a un náufrago violento.

Corro.

Subo las escaleras con el mareo golpeándome la frente, buscando un refugio que ya no existe. Me encierro en un cuarto, trato de poner el seguro con manos que parecen gelatina, pero Carlos patea la puerta con una fuerza bruta.

Sus ojos están cegados por una posesión absoluta.

​—¿Pensaste que podías escapar de mí? —susurra, y cada paso suyo en la madera suena como una sentencia de muerte.

​—Basta, no soy Ana… no me confundas —ruego. Pero él me toma de la mandíbula, apretando hasta que siento que mis huesos van a ceder.

—Te amo… —dice, y en sus ojos veo un deseo que es locura pura.

Me arroja a la cama. Trato de luchar, de empujar su pecho firme, pero soy un gorrión contra un halcón. Una bofetada me hace ver estrellas. Me rindo. Siento el peso de su cuerpo, la electricidad de su piel contra la mía, el terror absoluto mezclado con una lealtad enferma.

Él me ata las muñecas con su cinturón, asfixiando mis protestas.

Lo miro: es una bestia disfrazada de ángel, tan perfecto que duele, tan hermoso que me destruye.

​Pero detrás de ese horror, surge otro destello que me devuelve el aire.

Una casa. Una tarde bañada por el sol donde el ruido no son gritos, sino risas. Veo a Maximiliano corriendo por la plaza y a un niño pequeño: Benjamín, mi niño. Los veo jugar, a la popa.

​Esa alegría era real. Ese amor de hermanos era lo único puro que me quedaba. Me refugié ahí, en ese recuerdo, concentrándome en la risa de Benja para no escuchar mis propios gritos de dolor.

Recuerdo a Maximiliano... él no me veía como una amiga, le gustaba, y aun así le di esperanza cuando no la había. No puse limites, sabia que si lo hacia no me dejaria ver a Benjamin.

¿Por que hiciste eso Max?

¿Por que abandonaste Benja?

¿Donde estas?

Me aferré a ellos para no desaparecer.
​Despierto en el suelo de la sala de ballet. Mis manos acarician la madera fría.

​Ahora lo sé. Recuerdo casi todo.

Estoy confundida.

Siento que faltan piesas del rompecabeza.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora