Capitulo 39

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Narra Carlos

Dias despues...

La niñera se fue sin hacer ruido. Cerró la puerta y el pasillo quedó atrás, como si no existiera.

En la habitación quedó ese silencio raro que tienen los hospitales caros: limpio, controlado, casi falso.

Éramos solo nosotros tres.

La merienda estaba lista sobre la mesa. Fruta cortada, jugos, té. Nadie la había tocado todavía. Benjamín fue directo hacia Bella, sin dudar.

No parecía notar nada extraño en ella, ni en el lugar.

-Mirá -dijo, mostrándole el dibujo.

Bella lo miró como si lo estuviera viendo por primera vez y, al mismo tiempo, como si lo conociera de toda la vida. Le apoyó la mano en la cabeza, despacio. Después acercó la cara y respiró hondo, casi sin darse cuenta de que lo hacía.

-Tenés un olor... -murmuró-. Me da tranquilidad.

No dijo más. Pero algo en su expresión cambió.

Yo lo noté enseguida.

No se acordaba de casi nada, pero con Benja era distinto. Con él no se ponía tensa. No dudaba. No preguntaba. Era como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no.

Me senté cerca y los miré comer. Desde afuera debía verse bien: una familia normal pasando la tarde. Su madre y la abuela de Bella estaban en casa, cocinando para después. No había apuro. No había interrupciones.

Benja se quedó dormido cuando empezó a bajar el sol. Se acomodó en el sillón de cuero y no tardó nada en quedar rendido.

Me aflojé la camisa. El día había sido largo.

Me acerqué a la cama y apoyé la cabeza en las piernas de Bella. No dijo nada. Me pasó los dedos por el pelo, con cuidado. Siempre lo hacía así.

-Hoy fue pesado en la empresa -le dije-. Pero venir acá... me ordena un poco.

-Trabajás mucho -respondió-. Sos bueno en lo que hacés.

-Te amo -le dije. Me salió sin pensarlo.

-Yo también -contestó, tranquila.

Me incorporé para mirarla. Estaba pálida, frágil, pero hermosa. Me acerqué y la besé. Al principio fue lento, Después sentí que el cuerpo me pedía más.

Demasiado tiempo conteniéndome.

Demasiado tiempo esperando.

Ella respondió... hasta que se tensó.

-Pará -dijo en voz baja.

No me empujó fuerte. Apenas apoyó la mano en mi hombro.

Algo se me cerró por dentro.

-No tenés que tener miedo -le dije, más seco de lo que quería-. Está todo bien.

Le agarré la muñeca. Sentí cómo se sobresaltaba. Ahí me di cuenta de que estaba apretando de más, pero no solté enseguida.

-Carlos... me duele -susurró.

Eso me frenó. Aflojé la mano, respiré hondo. No quería asustarla. No debía asustarla.

-Perdón -dije-. A veces me cuesta frenar. Te deseo. Nada más.

Ella miró hacia el sillón. Benja seguía dormido. Volvió a mirarme, incómoda.

-Está Benja -dijo-. No corresponde.

Asentí. Le sonreí, como si nada. Como si todo estuviera bajo control.

Pero mientras me acomodaba la camisa y me alejaba un poco.

esto sería distinto cuando estuviera en casa.

Sin gente alrededor.

Sin miradas.

Sin nadie que me obligara a parar...

Ni siquiera ella misma.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora