Narra Bella
Tengo miedo. Un miedo antiguo y espeso que me paraliza la lengua. Mi corazón desbocado retumba contra mis costillas con tal violencia que juraría que el sonido escapa de mi pecho y llena la habitación. Me falta el aire; los pulmones se me cierran como si el oxígeno fuera un lujo que ya no merezco.
-No, Carlos... por favor, no -suplico con la voz hecha trizas.
-Shhh, no llores -murmura él.
Sus ojos, antes claros y protectores, ahora están nublados por una lujuria ciega que me desconoce. Intenta "tranquilizarme" con una voz que solo aumenta mi pavor.
Las lágrimas me nublan la vista mientras tiro desesperadamente de mis muñecas.
El cinturón de cuero se clava en mi piel, mordiéndome la carne; cuanto más lucho, más se cierra, devorándome la libertad. Siento sus manos frías recorriendo mi muslo, subiendo con una lentitud tortuosa, mientras sus labios succionan la piel de mi cuello. Mi espalda se arquea en un espasmo involuntario; mis músculos intentan huir por sí solos, pero no hay a dónde ir.
Me toca con una devoción enfermiza, como si fuera un objeto sagrado y maldito a la vez. Hay locura en sus dedos, una contaminación que me quema. Está fuera de sí, perdido en un delirio del que no quiere despertar. Su mano sube hasta mi hombro y, con un movimiento brusco, baja el tirante de mi pijama de seda. El aire frío golpea mi piel y el primer sollozo de terror puro escapa de mi garganta.
-Moría por verte así, por tocarte... Sos mi delirio, mi obsesión, mi todo -susurra contra mi oído, y su voz grave me eriza los vellos de la nuca-. Te amo con una locura que ya no puedo esconder. Te deseo como si fueras lo único real en este mundo. Y no pienso compartir ni una mirada tuya con nadie, mucho menos con el idiota del gimnasio. Sos mía. Solo mía.
Sus palabras me atraviesan como dagas. Una parte de mí, rota y confundida, quiere ese amor, pero no así. No con este sabor a hierro y miedo.
-Lo siento, perdoname. No quise hacerlo -balbuceo, buscando cualquier salida, cualquier mentira que lo detenga.
Pero no se detiene. Siento su peso aplastándome, su erección presionando contra mi intimidad a través de la tela. Cierro los ojos, tratando de invocar otra realidad, pero el dolor me devuelve al presente cuando su boca atrapa uno de mis pechos. Me muerde con una fuerza que me arranca un grito; su lengua tibia juega con mis pezones antes de succionar con una voracidad que me desgarra.
-¡No! ¡Pará! ¡Ayúdenme! -grito desesperada, pero mi voz muere entre las cuatro paredes de esta mansión convertida en celda.
De pronto, un impacto brutal me corta el aire. Su puño se estrella contra mi estómago. Me doblo sobre mí misma, gimiendo, mientras el oxígeno huye de mis pulmones. El cuerpo deja de luchar; el impacto ha roto mi voluntad. Solo puedo temblar.
-Te dije que te quedaras quieta -dice con fastidio, como quien corrige a un animal desobediente-. Tu piel es adictiva, Bella... no entiendo cómo aguanté tanto sin probarte.
Antes de que pueda recuperar el aliento, siento el choque eléctrico de su mano bajando. Sus dedos, largos y fríos, penetran mi intimidad sin ninguna preparación. El dolor y la vergüenza me golpean más fuerte que su puño.
-¡Ah! -gimo, intentando retroceder, pero mis costillas duelen demasiado. Carlos continúa, capturando mi otro pecho mientras sus dedos profundizan dentro de mí con una brusquedad que me hace sangrar por dentro.
-Mierda, quiero meterme adentro tuyo. No aguanto más -su voz es ronca, perdida. Se arranca la camisa y los pantalones con una desesperación animal.
-No, basta... somos amigos, ¡pará! -suplico, pero mis palabras son cenizas en el viento.
Me arranca la ropa interior. Cruzo las piernas con todas mis fuerzas, un último acto de resistencia, pero él las golpea con los puños, con una brutalidad que me tiñe la piel de rojo.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
