Recuerdos de Bella
No sé cómo empezó todo. Hay fragmentos sueltos, imágenes borrosas que van y vienen como olas calientes sobre la arena.
Recuerdo el auto.
Era un día de verano. El cielo estaba límpido pero opaco, blanco por el calor, y el sol caía con una violencia insoportable. El asfalto reverberaba. El aire, denso, olía a polvo caliente y transpiración. Íbamos con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado al máximo. Aun así, el calor se colaba como una presencia viva. Mis tíos me llevaban al pueblo. No era la primera vez que viajaba con ellos, pero esta vez era distinta. Había una presión en mi pecho, una sensación de que algo iba a cambiar. De que algo se venía.
-Bella, cuando lleguemos, quiero que te comportes bien -dijo mi tía, sin girarse, hablándome a través del espejo retrovisor. Su voz sonaba dulce, pero medía cada palabra.
-Sí, claro -respondí con una sonrisa tímida, sacando un mechón de pelo pegado por el sudor de mi frente.
Mi tío manejaba con tranquilidad, tarareando una canción vieja que sonaba baja en la radio. El camino hacia la ciudad era largo. Por la ventana, la vegetación seca, los autos, el cemento vibrando de calor. Todo era tan distinto a lo que conocía.
-Carlos está en casa ahora. Es un buen chico, muy estudioso -comentó mi tía, cambiando de tema, como al pasar.
Carlos.
El nombre no me dijo nada. Solo era un nombre más. Un desconocido que no tenía idea de mi existencia.
-Es muy bueno en matemáticas. Tal vez podría ayudarte con tus estudios -añadió ella, con ese tono que quiere sonar casual pero ya tiene todo planeado.
-No quiero molestarlo -murmuré, bajando la mirada.
-No es molestia -dijo mi tío, sonriendo-. Seguro le hará bien tomar un descanso.
El auto avanzaba por calles amplias, limpias, bordeadas de casas que parecían todas recién pintadas. Me sentí más chica de lo habitual, como si todo eso me quedara grande.
Mi corazón latía raro. Rápido, pero no por miedo. Por otra cosa que no sabía nombrar.
Y entonces, llegamos.
La casa de Carlos se alzaba imponente, blanca, con las persianas cerradas para que el calor no entrara. Era perfecta. Demasiado. Me mordí el labio con nerviosismo.
-Vamos, Bella -me animó mi tía, tomando mi mano. La suya estaba fría, por el aire del auto.
Tomé aire caliente. Asentí.
No sabía que estaba a punto de conocer a la persona que cambiaría mi vida.
. . .
Mi tía tocó el timbre. El sonido fue breve, seco, y se perdió tras la puerta acolchada. Afuera, el calor pesaba como una manta de fuego. El sol me pegaba en la nuca y el viento, si es que existía, era una burla. Me crucé de brazos, incómoda. Tenía la piel pegajosa, y el pelo se me adhería al cuello.
Entonces la puerta se abrió, y lo vi.
Carlos.
Quedé paralizada.
Por un instante, el mundo se detuvo. El calor, el ruido, los murmullos de mis tíos, todo se esfumó. Solo lo vi a él.
Era alto. Más alto de lo que esperaba. Tenía el cuerpo marcado por el ejercicio, como esculpido sin exagerar, como si la fuerza le brotara sin esfuerzo. Su piel era clara, pero no pálida, y el cabello rubio le caía en rulos suaves, desordenados con una perfección imposible. Tenía los labios bien definidos y una mandíbula firme. Sus ojos, de un celeste casi metálico, parecían mirar más allá de mí, como si vieran algo que yo misma no podía ver.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
