¡Capitulo 14!

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¡Advertencias!

Este capitulo no es para personas sensibles, a si que si eres sensible como yo, te digo que te retires ya que tienes ecenas un poco fuerte, pero si lees, queda bajo tu responsabilidad.

Bueno... ¡Disfruta de la lectura!

*Se va a llorar por que sufrió por la escena que ella mismo creo.*

​Narra Carlos.

​El nudo en mi pecho no era una premonición; era una sentencia. Miraba los libros, pero las letras se retorcían como larvas. El miedo a perderla era un ácido que me carcomía las entrañas.

¿Y si se cansa de mi intensidad? ¿Y si un día mi amor le pesa tanto que escapar?

​Ella es mi oxígeno, pero también el humo que me asfixia. Mi salvación y mi ruina.

​Tomé el celular para buscar su rostro, buscando convencerme de que su sonrisa me pertenecía. "Ella me ama. No sería capaz", me repetí como un mantra desesperado. Pero entonces, la pantalla se iluminó. Un mensaje. Un video.

​Lo abrí. Y en ese instante, el Carlos que conocía se desintegró.

​En la pantalla, la traición tenía nombre y forma. Bella. Y él. Maximiliano. Sus labios se unían en un beso que me supo a veneno. Ella no retrocedió. No hubo manos empujando su pecho, no hubo un "no" que rasgara el aire.

Se quedó ahí, estática, entregando lo que yo consideraba mi propiedad sagrada.
​Mi cabeza estalló en un pitido ensordecedor.

El mundo se volvió un túnel oscuro donde solo existía ese beso maldito. Sentí una náusea violenta subir por mi garganta; mis manos ardían, temblando con una fiebre de odio.

Mi corazón no se rompió, se astilló, clavando cada pedazo de vidrio en mis pulmones.

​—¡¡MALDITA SEA!! —rugí, barriendo todo lo que había sobre el escritorio.

​Tiré el celular contra la pared. El cristal se trizó, igual que mi cordura. Me dejé caer al suelo, jadeando, sintiendo cómo el pecho me ardía como si hubiera tragado brasas. Y entonces, desde el fondo de mi alma rota, emergió la Bestia. Esa que nace del abandono y se alimenta de la rabia.

​"¿Querés besar a otro? Vas a saber lo que duele el fuego de mi desprecio".

​Tomé los restos del celular con los nudillos ensangrentados. La llamé. Mi voz no era mía; era una vibración hueca, gélida.

​—Bella. Ven a la mansión. Ya.

​—¿Carlos? ¿Qué pasó? Te escuchas... —su voz, esa voz que antes me daba paz, ahora me daban ganas de vomitar.

​—¿Sos sorda o el beso te dejó estúpida? —escupí con fuego en la lengua— Treinta minutos. Ni uno más. ¡¡AHORA!!
​Colgué.

El silencio que siguió fue el de un matadero antes de la primera ejecución.
​Treinta minutos después.

​El sonido de la puerta fue como el golpe de un mazo sobre un ataúd. Bajé las escaleras, y cada escalón me pesaba como si cargara el cadáver de nuestra relación.

Ahí estaba ella. Pequeña. Frágil. La mujer que me juró devoción y que ahora olía a traición.

​No sonreía. Me miraba con unos ojos que ya olían el peligro.

​—Hola, Carlos... —susurró. Su voz era una flauta desafinada por el miedo.

​Me detuve a un paso de ella. El aire entre nosotros vibraba con una tensión eléctrica.

El Peso De Mi ObsesiónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora