Carlos temblaba. Sentí su respiración descontrolada contra mi cuello.
Me abrazó con más fuerza, como si me necesitara para sostenerse.
-Lo siento -repitió, su voz apenas un susurro.
No dije nada. Solo lo sostuve.
Sabía que estaba mal lo que había hecho, que no debía gritarme ni asustarme así.
Pero también sabía que Carlos no era así.
No conmigo.
No hasta ahora.
Respiré hondo, tratando de calmar mi propio llanto. Mis piernas temblaban, pero no quería que lo notara.
Carlos enterró la cara en mi cabello, como si buscara refugio.
-No me gusta sentir esto -murmuró, su voz rota.
Tragué saliva. Sabía a qué se refería.
El miedo. La inseguridad.
La sensación de que en cualquier momento podría perderme.
-No me voy a ir -susurré.
Sentí su cuerpo tensarse.
Me separé solo un poco, lo suficiente para mirarlo.
Carlos tenía los ojos rojos, y su mandíbula apretada.
Tomé aire. Sabía que mis palabras debían ser medidas.
-No quiero que pienses que te voy a traicionar -le dije con suavidad-. No soy Ana.
Carlos cerró los ojos. Dolido.
Sabía que le dolía ese nombre.
-Nunca haría algo así -seguí, tocando su brazo con cuidado-. No quiero verte sufrir por algo que no es real.
Abrió los ojos y me miró con tanta intensidad que me hizo estremecer.
-No puedo evitarlo.
Susurró esas palabras con desesperación.
Me mordí el labio, sin saber qué contestar.
No podía decirle "dejá de sentirte así", porque no funcionaba así.
Pero tampoco podía seguir permitiendo que explotara de esa manera.
-Entonces... aprendé a confiar en mí -dije, con un hilo de voz.
Carlos bajó la mirada.
-Lo intento.
Suspiré.
No quería pelear más. No quería seguir llorando.
-Vamos a dormir, ¿sí?
Carlos no respondió de inmediato. Solo asintió.
Me soltó despacio y buscó una remera suya para que me cambiara.
Cuando salí del baño con su ropa puesta, él ya estaba en la cama, mirando el techo.
Me metí en el otro lado de la cama, manteniendo cierta distancia.
Por primera vez, sentí que necesitaba ese espacio.
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El Peso De Mi Obsesión
BeletrieDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
