Narra Carlos.
No sé en qué momento me dormí. Solo siento que mi cuerpo se hunde, como si el colchón fuera barro. No estoy descansando. Estoy cayendo.
Y entonces la veo.
Ella.
Benjamín duerme en mis brazos, pero no pesa. Está como hecho de aire. Como si pudiera romperse con mirarlo. Y ella está ahí, parada en la puerta del cuarto, con esa luz naranja que no existe en esta casa. Mi casa nunca tuvo luz cálida. Yo nunca tuve algo cálido.
-Llegué tarde -le digo. No sé por qué. No pasó nada. O sí, creo que sí. Creo que algo hice. Algo horrible. Pero no puedo recordarlo.
Ella no habla. Solo me mira. Y su mirada... Dios, su mirada. Es como si supiera todo lo que yo trato de esconder. Mis costumbres. Mi forma de controlar todo. Mis silencios. Mis celos ridículos. Mi miedo constante de que un día no vuelva.
Siento que Benjamín se deshace en mis brazos. Como humo. Como si nunca hubiera nacido.
-No te vayas -le digo.
Y mi voz no es mía. Mi voz suena como sonaba cuando era chico. Como cuando mi mamá me cerraba la puerta en la cara para no verme.
Ella da un paso atrás.
Y ahí aparece esa parte mía.
La que oculto cada día.
La que nadie ve.
La que mi mamá nunca quiso reconocer, por el daño que ella misma puso en mis huesos.
Esa parte me empuja hacia adelante. Me obliga a sujetarla del brazo.
Muy fuerte.
Más fuerte de lo que permitiría estando despierto.
-No me dejes -suelto, casi gruñendo.
ella... ella no me mira con asco.
No me empuja.
No se aleja.
No.
Ella llora. Transparentemente. Como si todas las culpas fueran suyas y no mías.
-Perdón... -me dice.
Esa palabra me destruye.
Me rompe.
Porque no debería pedirme perdón.
Soy yo el que debería hacerlo.
Yo soy el que arruina.
Yo soy el que controla.
Yo soy el que necesita demasiado.
-No me perdones -le digo, temblando.
-Perdón por hacerte mal -susurra ella igual.
-No quiero que me perdones -insisto.
Pero ella me abraza.
Como si fuera lógico.
Como si mi oscuridad fuera algo pequeño, manejable.
Como si su amor -o su debilidad, no sé- pudiera reparar algo que viene roto desde que nací.
Benjamín vuelve a aparecer entre nosotros.
Respira suave.
Caliente.
Real.
Perfecto.
Y entonces, de golpe, la escena cambia.
Ella está lejos.
Muy lejos.
En una calle.
Y yo corro.
La llamo.
Extiendo la mano.
Pero no llego.
No llego nunca.
Ahí mi corazón empieza a doler.
Dolor real.
Dolor físico.
Como si me estuvieran arrancando algo del pecho.
-No te vayas -grito.
Ella no escucha.
Benjamín no existe.
La calle se hace eterna.
Y yo... yo la perdi de nuevo.
- ¡Arabella!.
***
Me despierto con la garganta apretada.
Transpirado.
Con Benjamín a mi lado, respirando tranquilo.
Y la casa silenciosa.
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El Peso De Mi Obsesión
General FictionDesesperada, me escondo en uno de los cuartos de la casa. Trato de poner el seguro, pero mis manos tiemblan tanto que no puedo. Como una bestia, Carlos irrumpe en la habitación, pateando la puerta. Sus ojos, normalmente cálidos y azules, están cegad...
