A Maciel se le abrieron los ojos de par en par al oír lo que había dicho Adam. No entendía por qué Antonio se interesaría por Débora y por qué la utilizaría así de esa forma.
—Eres patético, Adam, hasta tu mujer te traiciona y abandona— dijo para darse la vuelta dejando a Adam en su casa.
— ¡Todo esto es culpa de tu padre y tuya! — gritó desde dentro.
Maciel lo ignoro y continuó su camino hasta cerrar la puerta y salir a la calle donde se encontraban los Canes y los policías en el suelo.
—Vamos, aquí ya no hacemos nada— se dirigió a los Canes y estos solterón a los policías sin quitarles los ojos de encima.
— Un día de estos os matare, a todos vosotros— dijo Adam saliendo de su casa.
— Hoy no será ese día, mientras tanto dedícate a averiguar por qué a tu mujer la tiene ese hijo de puta y por qué la está utilizando— se dio media vuelta y continuo con su camino hasta desaparecer de allí.
Ya en el poblado con todos los Canes, Maciel se reunió con su padre que acababa de volver. Silvestre no encontró nada relevante y nada que pudiera dar con el paradero de Débora, ya que las rodadas de coche que había no coincidían con las ruedas de Adam. Los Canes pusieron más seguridad al rededor del poblado, ayudados de los hombres de Aramis. Mientras otros se dirigían a la casa de Rafael. Por otro lado, Maciel se dirigió en dirección a su casa donde allí le estaba esperando Aramis con Lucía. Se sentía furioso, pero no con ella, si no con todo lo que estaba pasando y como ella lo ablandaba de tal manera que bajaba la guardia a la mínima que estaba cerca de ella, se había convertido en su debilidad. Lo que había comenzado como un juego, un simple capricho, una venganza, se había convertido en su mayor debilidad, su punto débil, estaría dispuesto a matar por ella. A medida que se iba acercando a la casa la sangre le hervía cada vez más, no podía sacársela de la cabeza, ella era su mundo, una droga, una droga perfecta para el adicto perfecto.
— Maciel, ¿alguna novedad? — quiso sabes Aramis cuando este entro por la puerta,
— No, déjanos, solos Aramis— dijo en un tono seco, oscuro.
— Estaré por aquí si me necesitas hermano— le dio un toque en el hombro y salió por la puerta dejándolos solos.
Lucía se encontraba en el sofá, no había dicho ni una palabra cuando vio a Maciel entrar, solo lo miraba, parado delante de ella, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor y la humedad del ambiente, mirándola a través de la máscara de lobo. Este se fue acercando a ella, a la vez que el cuerpo de la pecosa se iba tensando cada vez más por su cercanía. Trago saliva un par de vez antes de hablar, le tenía miedo, por como reaccionó antes, la rabia con la que había actuado, aunque eso no era nuevo para ella.
— Maciel...— su voz sonó sin fuerza, apenas un susurro.
— ¿Por qué me haces esto? — dijo el Can con una voz oscura— Porqué me haces desearte a cada rato, han matado a mi mejor amigo, y yo en lo único que puedo pensar es en ti.
Esas palabras dejaron helada a Lucía, no se esperaba que fuera a decir eso, se movió un poco para despegarse del sofá y acercarse un poco a Maciel, pero este no le dio tregua, se abalanzó sobre ella cogiéndola del cuello levantándola de su sitio y pegándole a él, tanto que pudo sentir sus latidos descontrolados, su cuerpo caliente y su pulso sobre la mano que sujetaba su cuello.
— Me estas volviendo loco Caperucita, no sé qué hacer, no sé qué hacer pasa sacarte de mi cabeza, eres como una pesadilla demasiado placentera— la atrajo más hacia si- me estas destrozando.
Lucía con movimientos pausados levanto las manos y le quito la máscara a Maciel dejando su rostro al descubierto, dejándola caer al suelo, examinó su rostro y le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, sus ojos eran oscuros como la noche, la pupila estaba tan dilatada que apenas se podía apreciar el color de su iris. Su respiración era muy pesada e impactaba contra los labios de la pecosa, esta deslizo una mano hasta el brazo que estaba sujetando su cuello.
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Petricor
RomanceCuando la lluvia cae sobre el espeso bosque, todo ser vivo se esconde para no dejar rastro y dejar que el enemigo se abra paso entre los árboles destruyendo y masacrando. Canes, así es como les llaman los habitantes del pueblo. No sienten pena ni a...
