Capitulo 27

58 5 0
                                        

Con la respiración agitada y su corazón a mil por ahora, la pecosa siguió caminando entre los árboles a paso rápido. Todo se la hacía muy parecido no sabía para que dirección mirar ya que mirase donde mirase lo único que veía eran arboles por doquier. Cuando estuvo lo bastante segura de que estaba lo suficientemente lejos se paró echando un vistazo a lo que la rodeaba, todavía seguía viendo lo mismo, nada más que el espeso follaje que la rodeaba, pero a sus oídos llego un leve sonido, no estaba demasiado lejos por lo que se dejó llevar hasta que llego al sitio. Sus ojos se abrieron de par en par al ver lo que tenía delante de ella, una enorme cascada se imponía ante ella, los millones de litros de agua que caían desde una altura considerable hacían que las moléculas de agua que se elevaban gracias al viento chocasen con su piel produciéndola un escalofrío. Al ser de noche no se podía observar muy bien todo su esplendor, pero los rayos de la luna, los cuales incidían en el agua producían unas luces azules que parecían sacados de un cuento de fantasía haciendo que el líquido se viera cristalino. Por un momento Lucía consiguió que su maltratado corazón dejase de latir de una manera tan desbocada volviendo a sus latidos y ritmo constantes. Miro a su alrededor hasta que encontró un sitio de los árboles dejaban ver al completo el cielo, está soltando un suspira exhaló con todas sus fuerzas para captar todo tipo de olores, después las lágrimas empezaron a descender de manera descontrolada por los ojos todavía cerrados.

Se sentía indefensa, impotente, por lo que acababa de pasar, por más que intentaba evadirse la era imposible, su amiga había sido secuestrada y no por cualquiera, sino por unos Canes. No sabía exactamente con qué fin, ya que el tiempo que llevaba con ellos sabia a la perfección que no se les ocurriría ponerlas una mano encima por la cuenta que les traía. Se tiro pensando en un montón de cosas, suposiciones, conspiraciones, pero nada tenía sentido. Porque iban a querer secuestrarlas, ¿por dinero?, ¿por venganza?, ¿por querer revelarse contra ellos? Esas preguntas y muchas más se apelotonaban en su mente, tanto que parecía que la iba a estallar de un momento a otro.

La pecosa soltó un suspiro, pensando en cómo se lo explicaría a Maciel, pero sobre todo a Rafael. Miro detrás suya, al interior del bosque, no estaba muy decidida ni tenía ni idea de cómo volver, pero tenía que intentarlo, así que, se dio la vuelta para adentrarse entre la maleza, pero antes de dar siquiera un paso, unos ruidos procedentes de detrás de todas esas ramas y arboles se hicieron audibles, eso hizo que el corazón maltratado de la pecosa volviera a crisparse. Los pasos se iban sintiendo más cerca de donde estaba ella, pero su cuerpo ya no podía más, así que tomo una decisión desesperada. Se quedo quieta esperando a que lo que fuera que se avecinaba se manifestara ante ella y así decidir lo que hacer. Por un momento miro hacia la cascada y la brecha de tierra que había ante ella y se replanteo por un momento en tirarse hacia allí, pero no sabía que era lo que había allí abajo y podría ser una muerte segura, aunque, al pensarlo bien no la parecía mala idea, pero esa idea se disipo enseguida al volver a pensar en Elena y que no podía dejarla asi, tenía que hacer algo. Los pasos y casi estaban lo suficientemente cerca de donde estaba ella, su respiración se fue acelerando por segundos hasta que los pasos se detuvieron.

— ¡Venga a qué coño estas esperando! — gritó mirando al frente suya, no hubo respuesta, pero al minuto una risa se hizo audible, era una risa aterciopelada y profunda.

No hubo respuesta, solo una leve risa, Lucía estaba en alerta por lo que se pudiera encontrar, pero, se llevó una sorpresa al ver quien era cuando los pasos se hicieron presente y pudo ver quien se escondía tras esa risa, sus ojos casi se le salen de las orbitas, su cuerpo empezó a temblar de manera descontrolada al ver a quien tenía ante sus ojos.

— Veo que tu intento por escapar no ha salido como esperabas, Caperucita— no se podía creer que fuera Maciel el que estaba allí. No podía deducir su expresión ya que tenía la máscara puesta, pero Lucía sabía perfectamente que no estaba para nada contento.

PetricorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora