La idea de colaborar con Adam le desagradaba, pero también lo aterraba, el simple hecho de que lo separaran de Lucía le daba escalofríos, no podía imaginarse estando lejos de ella, la necesitaba, tanto como una planta la luz para vivir, esa era Lucía para él, su luz, una luz de esperanza, cálida y brillante, la cual hacía que su interior frio temblara y se ablandara por ese calor que irradiaba.
Cuando terminó de hablar con su padre se fue hacía su casa donde la pecosa lo estaba esperando. Su padre le había dicho que iría a buscar a Adam para reunirse y ver cómo tratar todo este asunto, pero antes tenía que poner al tanto a todos y cada uno de los Canes de la situación. No iba a ser nada fácil que colaboraran ambos bandos, pero por lo menos intentarían gestionarlo de la mejor forma posible, lo harían por solucionar un mal mayor.
Al llegar y entrar dentro Kaiser le saludo con toda la alegría del mundo, llenándole de babas los pantalones, al oír el escándalo la pecosa asomo la cabeza por una de las esquinas de la cocina. Maciel sobó un poco a su peludo amigo y después se asomó a la cocina donde se encontraba Lucía apoyada en la isla de madera con un zumo en su mano. Maciel se sirvió otro vaso que se bebió de un trago y se quedó mirando a la pecosa.
— ¿Alguna novedad? —
— No, de momento nada— Maciel prefirió no decirla lo que se avecinaba, prefería que lo descubriera más adelante, sabía que se enfadaría, pero prefería tenerla enfadada a que se pusiera como una loca al saber que su padre había accedido a colaborar con los Canes.
El día transcurrió tranquilo, pero algo aburrido, Lucía se subía por las paredes del aburrimiento, ya que no podía salir por si acaso pasaba algo y Maciel no hacía nada más que recibir llamadas y visitas para informarle de la situación que se encontraba fuera. El club de Aramis se dispersó hasta llegar a la ciudad encargándose de la familia de Elena, la pecosa no había vuelto a ver a Aramis ni a René, aunque prefería que así fuera, ya que se quedaba más tranquila sabiendo que su amiga estaba protegida y que René no andaba cerca, ya que después de lo ocurrido entre ellos la ponía muy nerviosa estar cerca suya, sabía que tarde o temprano se lo iba a tener que terminar contando a Maciel, aunque a este no le haría nada de gracia y seguramente le mataría, pero era algo que necesitaba contarle.
La puerta sonó, eran ya las ocho y era casi de noche, Silvestre entro por la puerta, con la máscara colgada del vaquero, se le notaba cansado, sus ojeras violáceas eran signo de ello. Sin decir nada se acercó a la nevera y se sirvió cogiendo una lata de cerveza. Maciel bajo las escaleras y se encontró con él, los dos cruzaron miradas.
— ¿Está todo listo? — pregunto Maciel con un tono de voz bajo, dando a entender a su padre que no dijera nada del asunto de Adam.
— Si, solo faltan un par de cosas pero...— las últimas palabras no le salieron por sus labios, en cambio entre cerro sus ojos centrándose en lo que se veía por la cristalera que daba al patio, Lucía miraba atentamente el rostro de Silvestre cuando la expresión le cambió por completo, abriendo los ojos de par en par reflejando una de terror, tanto Lucía como Maciel miraron en la dirección en la que tenía fijos sus ojos y lo vieron, unas lenguas de fuego aparecieron a través de los árboles, haciéndose cada vez más intensas, Lucía se acercó al cristal para ver mejor y después la siguieron Silvestre y Maciel.
— Me cago en la puta— dijo uno de ellos.
— Lucía apártate— dijo Maciel cogiéndola por los hombros alejándola del cristal.
—Voy a dar la voz de alarma— Silvestre de dio la vuelta y salió disparado hacia la puerta. Al salir por ella vio todo lo que le rodeaba, miles de llamas lo envolvían todo, los Canes corrían de un lado para otro intentando apagar el fuego.
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Petricor
RomanceCuando la lluvia cae sobre el espeso bosque, todo ser vivo se esconde para no dejar rastro y dejar que el enemigo se abra paso entre los árboles destruyendo y masacrando. Canes, así es como les llaman los habitantes del pueblo. No sienten pena ni a...
